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viernes, 23 de septiembre de 2016

Los Embaucadores I
Anexo 3: Anecdotario

LOS EMBAUCADORES I: El Pueblo Mínimo
Anexo 3: Anecdotario

(VERSIÓN 1.3.1)

Por Rebelde Buey



I. Doña Clota y el Pelotudo de los Petardos

Fue la noche de año nuevo, mientras quince hijos de puta se daban turno en lo del Tune para garcharse a mi novia. Yo hacía mi papel de dormido para darle vía libre, pero a cada rato me daban ganas de hacer pis, culpa de la Coca Cola y la cerveza. En una de las mil veces que me alejé entre los matorrales para hacer lo mío, escuché las voces.
Estaban cuchicheando y una de ellas era de mujer, así que pensé que se trataba de Elizabeth. De inmediato recordé que se había ido a su casa con su marido bien dormido y unos chacales que esperaban rapiñarle hasta la bombacha. Me acerqué a las voces tratando de no hacer ruido y los vi: el Pelotudo de los Petardos y doña Clota. Doña Clota era la tercera puta del pueblo, luego de Nati y Elizabeth. Era una vieja de unos 65 años, morrudita, tetona y culona como todas las viejas que no son un palito y todavía se les puede entrar. Tenía conocimiento que se la garchaba el Tune y un par de viejos. No que también se entendía con el Pelotudo de los Petardos.
—Yo sabía que era re puta, doña Clota… Yo sabía…
El muchacho la tenía contra la tierra, ella boca abajo y él bombeándola como si hiciera ejercicios de brazo contra el suelo. Era la peor posición posible para una buena penetración, pero permitía apreciar que el culo de doña Clota era un tremendo culazo, groseramente inflado, generoso por decir poco, gordo, con una celulitis que se notaba a la luz de la luna. No crean que la imagen no calentaba. Era morboso ver a una señora tan grande con el culo al aire, tan entregada a una verga ajena como cualquier putita joven.
—Apurate, ambombao, que mi marido no es tan estúpido como el Pedro o el escritor…
Siguió el bombeo y los jadeos del Pelotudo de los Petardos, porque doña Clota no jadeaba. Recibía calladita la pija, dejándose usar, solamente. En el bombeo se notaba el largo de la pija que le entraba, y me estremecí. Esa verga se gozaba a mi Nati todos los jueves a la noche y me la llenaba de leche.
—A la mujer del escritor también me la cojo.
—¿Y quién no? —reflexionó doña Clota—. Ese hombre es el cornudo de la mitad del pueblo… Y la otra mitad se la está cogiendo ahora mismo en lo del Tune… —Que hablaran en Ensanche de esa manera sobre mí y Nati me la hizo parar—. Apurate, dale, que mi viejo me está esperando en casa y si no se durmió me va a empezar a hacer preguntas.
Era increíble. Doña Clota hablaba tranquila y desafectada como si estuviera en la panadería. El Pelotudo de los Petardos, en cambio, ya estaba carreteando. Bombeaba más fuerte y los jadeos eran graves.
—¡Ya se la echo, doña Clota! ¡Ya se la echo!
—Dale… Dámela espesa, ¿eh? ¡Dámela espesa como el Tune!
¡Vieja morbosa, no la tenía así de yegua!
—¡Yo se la voy a dar mucho más espesa que ese negro de mierda, doña Clota!
—¡Dale, nene, no te hagás el machito y enlechá a esta vieja puta de una vez!
—¡Sí, doña Clota! —se entusiasmó el Pelotudo de los Petardos. Ya clavaba con furia ante la impasividad de ella. Comenzó a agarrarse de los nalgones y a violentar los vergazos—. ¡Qué pedazo de culo! ¡Qué culazo gordo y abierto, vieja puta!
—¡Llename de leche, nene, que me espera el cornudo!
—¡Vieja puta! ¡Vieja culona traga pijas, pedazo de puta! ¡Puta puta puta putaaa!
Doña Clota paró un poco más el culazo y el Pelotudo de los Petardos se fue hasta los huevos.
—¡Ahí te vaaaaahhh…!! ¡Ahhhhhhhh…!!!
Doña Clota sonrió apenas, como si estuviera gozando una secreta satisfacción. El Pelotudo de los Petardos seguía moviéndose arriba de ella igual que un perro alzado.
—¡¡¡Ahhhhhhhhhhhh…!! ¡Vieja puta! ¡Vieja puta!
Vi cómo clavó y dejó verga adentro, vaciándose en el interior de la vieja. Aproveché para irme, tendría unos momentos hasta que se desengancharan. Me tiré en el sillón de mimbre, me hice el dormido nuevamente y luego vi a doña Clota mirando para todos lados e ir en dirección a su casa, y al Pelotudo de los Petardos yendo a lo del Tune, donde todos se estaban cogiendo a mi novia, y donde seguramente él también se vaciaría antes del amanecer.

Fin.





II. Cuernos blanqueados

La gente se sorprendía cuando me veía atendiendo en lo del Tune. El negro se había llevado a Nati al fondo, al cuartito donde se la cogía dos veces por semana. Me había pedido que me quedara en la caja, que si veía gente, pasara los artículos por el láser y que les cobrara a los clientes o lo anotara en un papelito, que luego él les cobraría. Me lo dijo tomando a Nati por la cintura, sin animarse a magrearle el culo adelante mío, a pesar de que en ese momento ya sabía que yo era un cornudo consciente.
Se la llevó, y se la llevó para cogérsela. Y fue Nati —cuándo no— la que puso en palabras lo que el otro estaría pensando.
—Atendé bien lo del Tune, que el Tune siempre atiende bien lo tuyo.
Esto sucedió luego de que Nati se hubiera cogido regularmente a todos los de Las Cuadrillas. Habíamos decidido irnos de Ensanche pero nos íbamos a tomar unos días para algunas cosas, una de ellas —debilidad de mi novia— era empezar a vestirse más puta en público y en mi presencia. La otra era cogerse a sus principales machos dejándome parado como un cornudo consciente.
Hasta allí Nati solo había usado calzas y jeans, y en ocasiones vestiditos más o menos sobrios. Esa tardecita fuimos a recorrer el pueblo, con ella vestida por primera vez con una minifalda de escándalo y una remerita breve y ajustada, con pancita al aire. Ya en el camino los vecinos se la cogían con los ojos. Habrán creído que me terminó domando, o que se liberó y lo soporté para que no se vaya de mi lado. Para entonces, ya al final de nuestra aventura en Ensanche, me la cogían todos los hombres del pueblo. Es decir el 100% de los tipos con quienes nos cruzábamos, y para quienes ella se exhibía vestida de trofeo.
El Tune casi se cae de espaldas al verla. Dos días antes Nati le dijo que me confesó que se había cogido a muchos hombres del pueblo —la guacha ni siquiera me dejó la dignidad de simular o fingir que yo me había dado cuenta, es decir que me dejó como el campeón de los boludos— y que había logrado que la consienta con tal de no perderla. A esa altura ya lo sabrían los otros vagos amigos.
Nati se mostró muy alegre y muy dada, especialmente cuando los dos clientes que había se retiraron. En menos de un minuto arregló todo.
—El Tune es uno de los amigos que mejor me coge, mi amor —me dijo delante suyo, y enrojecí de la vergüenza—. Él y algunos más.
Cuando se iban al cuartito, me gritó desde las góndolas:
—¡Si viene Pepe Grillo, mandalo para atrás, mi amor…!
Así que ahí estaba yo, cobrándole a doña Jovita, una vecina muy bicha, que le gustaba el whisky casi tanto como la quiniela. Luego llegó Pepe Grillo y se sorprendió con mi presencia. Tuve que mandarlo atrás, desbordado de humillación.
—El Tune está en el cuartito —dije, rojo como un pimiento—. Me pidieron que te diga que vayas a verlo…
Lo terminé en plural, y Pepe Grillo se desconcertó un segundo. Luego se dio cuenta de lo que sucedía y fue de inmediato.
Me la estuvieron garchando mientras yo atendía a los clientes, pasaba los artículos por el lector láser y cobraba. Como a los veinte minutos apareció Gardelito, que vino agitado y me habló sin rodeos.
—Don Marce, me mandaron un mensaje… —No me miró con burla ni juzgándome, solo quería coger, y eso me gustó—. ¿Dónde se la están cogiendo a su mujer?
Lo mandé para el cuartito, lo mismo que a Cicuta y el Pampeano, que vinieron después. En un momento regresó el Tune, satisfecho.
—¿Querés ir? Me dijo tu novia que te quiere al lado…
Se la estaban cogiendo cuatro. Me puse rojo. Me saqué el delantal de cajero, pasé delante de él y fui corriendo hacia el cuartito de atrás como un nene en navidad cuando va a buscar los regalos al arbolito. El Tune no me vio porque ya le daba la espalda, pero a pesar de mi humillante apoplejía, mi rostro estaba más sonriente que nunca.

Fin.





III. Elizabeth pide un favor a Nati

En los meses que estuvimos en Ensanche, Nati y Elizabeth no se dieron mucho entre sí. Coincidían cada tanto en horarios prohibidos en alguna esquina en la que no debían estar, volviendo de coger. O se encontraban también haciendo las compras, en el almacén o la carnicería. Hablaban poco, no por mala onda sino porque ambas sabían lo que hacía la otra, y cuanto menos charla, menos compromiso.
Una tarde Elizabeth rompió ese acuerdo no escrito y llamó por teléfono.
—Hola, Natalia… Soy Elizabeth.
—¿Elizabeth?
—Sí, la mamá de…
—Sí, sí, ya sé quién sos; es que me sorprendí con el llamado… Decime… ¿Necesitás empanadas? —Nati se mostró tan extrañada y acentuó lo de “empanadas” con un tono de inverosimilitud tal, que bien Elizabeth debió ofenderse o reírse. Supongo que habrá reído porque a esa altura la madre cogible del pueblo tenía pleno conocimiento del sistema por el que llamaban a mi novia todas las noches.
—Mirá, vas a pensar que soy una atrevida, pero necesito un favor…
—Decime.
—¿Podrás cuidarme al nene un ratito? Es una hora nomás.
—Sí, claro. ¿Cuándo lo necesitás?
—Ahora.
—¿¡Ahora!?
—Ay, soy una desubicada, disculpame. Es que siempre me lo cuida doña Clota, y no la encuentro por ningún lado y tengo un compromiso…
¿Qué compromiso puede tener una mujer casada en Ensanche, una tarde, mientras el marido trabaja en el astillero?
—No, está bien, lo que pasa es que en un rato iba a ir a lo del doctor. Pero dejam…
—¿Del doctor? —se sorprendió Elizabeth, que se tomó un momento—. Justamente yo tengo turno con el doctor —Volvió a pensar—. ¿Podrías entretenérmelo un rato afuera mientras me atiende? Serán 40 minutos…
Nati meditó. Así que el morboso del doctor también se cogía a Elizabeth.
—Puedo, pero no estaría bueno que vean a tu hijo en la puerta y vos a solas adentro… ¡van a pensar cualquier cosa!
Dos segundos de silencio.
—Sí, tenés razón. Olvidate, lo suspendo y listo. Pasa que justo hoy…
—Si querés te lo cuido adentro, en la antesala. No sé si será lo mejor… me refiero, no sé si desde ahí escuchará algo.
Elizabeth se tragó la lengua. Aunque Nati la había visto venir de coger muchas veces, aunque era obvio que ella estaba pidiéndole que le cuide a su hijo para cornear a su marido con el médico, quedar tan en evidencia y desesperada la dejaba demasiado expuesta.
—Dejá, por una vez que no me… Olvidate. Disculpame…
—Como prefieras… —Nati ya estaba cerrando la charla, se notaba por su tono de voz—. Igual, cuando quieras, avisame con más tiempo así…
—¡Está bien! —dijo repentinamente Elizabeth.
—¿Q-qué cosa?
—Está bien, cuidámelo en la antesala.
—¿Seguro?
—Prefiero eso y no que… —”y no que no te cojan”, pensó Nati— y no que los vecinos piensen cualquier cosa.
—Listo, entonces. Nos vemos allá, ¿te parece?
—En quince minutos.
—Dale.
—Una cosa más…
—Sí…
—¿Tenés…? Ay, vas a pensar que soy una mala madre…
—¿Qué, Elizabeth?
—¿Tenés un MP3 con auriculares…? O algo que pase música… para ponerle a Damiancito mientras que yo… Mientras que el doctor me atiende…
Nati tenía.
—No, no tengo —Hizo una pausa—. ¿Querés suspender?
Elizabeth demoró solo una fracción de segundo en responder.
—¡No! —Hubo un eco de desesperación—. No, no es tan importante…
—Nos vemos en quince minutos, entonces…
—Gracias.
Fuimos. Y escuchamos por media hora cómo el hijo de puta del doctor se garchó y le arrancó dos orgasmos a la mami de Ensanche. Nati, yo y Damiancito.

Fin.





IV. Deja vu
(para Federico Yo y esposa)

Elizabeth entró a su casa y casi se muere del susto cuando vio a Pedro esperándola en el sillón del living, quieto, silencioso, con gesto de enojo.
—¿De dónde venís?
De pronto Elizabeth tuvo un deja vu. Hacía seis años que vivían en Ensanche, ella, Pedro y Damiancito. Seis años en un lugar que era una mota de polvo en el mundo, lejos de todo, de la familia, de la diversión, de las tentaciones. En una fracción de segundo todo regresó a Buenos Aires, a esa tarde en que Pedro la encaró con pruebas de sus infidelidades y la obligó a confesar. Elizabeth miró instintivamente las manos de él y la mesita ratona: no había fotografías ni DVDs.
—De… ningún lugar…
Fue lo primero que se le ocurrió. No podía decirle que venía de lo del Caracú; la carnicería había cerrado a las 12 y eran las 13:30, y no traía carne. Elizabeth se sentó en el otro sillón, a distancia. Buscó no acercarse, tenía miedo que Pedro pudiera olerle la garchada en el cabello o la piel.
—¿Cómo de ningún lugar? ¡Vos venís de coger!
Se pudo ver alivio en el rostro de la mujer. Si Pedro hubiese tenido alguna prueba, la hubiese encarado como en Buenos Aires, directo.
—Vengo de andar por ahí, de caminar. De ir a mirar el río…
—¿Te hiciste filósofa, ahora?
—Para vos es fácil… La verdad, no me merezco que cada vez que se te ocurra me acuses de hacerte cornudo. —Dijo “cornudo” adrede, para lastimarlo. Sintió un sudor o algo correrle por la entrepierna y especuló con la posibilidad que fuera la leche que Caracú siempre le echaba adentro. Cruzó las piernas para retenerla y eso le provocó un breve estremecimiento.
—Me dijeron que te coge medio pueblo.
Elizabeth se dio cuenta que era un bluff. Pero también que alguien le había ido con el chisme. Y ya que la acusaba de puta, decidió desquitarse con él.
—Es una exageración: me cogen seis, nada más.
—¡Elizabeth!
—El Tune, Caracú, el Chicho, Pepe Grillo, el doctor…
Era la más absoluta verdad. La verdad más verdadera que pudiera existir.
—¡Elizabeth!
—¿Qué carajo querés? ¿No querías escuchar eso?
—¡Quiero la verdad!
La verdad era que ella había podido mantenerse fiel en el pueblo durante el primer año. Pero Ensanche era un opio, no había nada que hacer más que mirar tele y esperar que su marido regrese del trabajo. La primera vez que cedió a la tentación fue con el jefe de Pedro. En un pequeño evento donde botaron diez embarcaciones, el viejo se le insinuó. Ella no pensó que pasaría de unas galanterías, así que fue receptiva dentro de lo socialmente aceptable. Quizá un poco más, cuando quedaron un minuto solos. Sí, ahora que lo pensaba, definitivamente bastante más receptiva de lo aceptable. Jamás pensó que a los tres días el jefe de su marido se aparecería en su casa. Fue un momento incómodo, los vecinos podrían ver más de la cuenta, pero Elizabeth estaba en ese momento comenzando a volverse loca de aburrimiento, de apatía y de soledad, y se perdió. El viejo se la cogió dos veces durante dos horas. Dos polvos adentro. Y desde ese entonces se la cogía cada tanto, en la casa de él.
—Sabés que no sería capaz, Pedro. No después de lo de Damiancito…
Se refería a que su hijo no era hijo de él, sino del resultado de uno de los cuernos que le había puesto con su mejor amigo Martín.
—Me dijeron que te garchan dos o tres veces por semana en la parte de atrás de un negocio.
—¿Qué negocio?
Elizabeth sonrió por dentro. Se la garchaban en la parte de atrás de los dos negocios de Ensanche. Y dos veces por semana, sí, pero en cada uno.
—No sé qué negocio.
Al menos no le habían dicho nada del jefe.
—No te voy a negar que a veces me tienta la idea…
Pedro se sobresaltó.
—¿Qué me estás diciendo?
—No seas tonto. Quedamos en que después de haberte hecho tan cornudo como te hice, íbamos a ser honestos, ¿no? —Elizabeth disfrutaba de hablarle con esas palabras a su marido—. Bueno, estoy siendo honesta.
—¡Me estás diciendo que te querés coger a otros!
—No, estúpido, te estoy diciendo que alguna vez estuve tentada. ¡Tentada solamente! Pero cuando pienso así, me acuerdo de vos, y todos los cuernos que te puse y me digo: ¿valió la pena? —Elizabeth reprimió una sonrisa: no solo había valido la pena por cada uno de los orgasmos que había obtenido, o por el desarrollo y conocimientos de su propia sexualidad; hacerlo cornudo a su marido también le había dado un niño hermoso a quien amaba más que nada en el mundo.
—¿Y ahora de dónde venís? No me trago eso de “ningún lado”.
Elizabeth se mostró entre indignada y ofendida. Lugo, se puso triste.
—Para vos es fácil, Pedro…
—¿Fácil? ¿Te creés que tenerte en un pueblo lleno de tipos que te quieren coger es fácil?
Ahora rio Elizabeth. Sonoramente. Amaba la mezcla de ironía y castigo que caía sobre su marido: para quitarla de la tentación, Pedro la había llevado a un pueblo repleto de hombres solos.
—Digo que es fácil porque vos te vas a la mañana al astillero y no volvés hasta la tarde. Trabajás, estás rodeado de compañeros con quienes hacés bromas, de tu jefe, que siempre te respeta, estás todo el tiempo haciendo cosas, siendo útil… Yo en cambio estoy a la mañana con Damiancito, lo llevo al colegio, hago las compras y se terminó mi vida. Estoy todas las tardes mirando el techo hasta que se haga la hora de traer a Dami y que vos llegues a casa. —Elizabeth omitió el hecho de que la mitad de las tardes que miraba el techo era porque le daban bomba en misionero—. ¡Este lugar es desesperante para una mujer joven como yo! No puedo quedarme a mirar tele como una vieja de ochenta años. ¡Y no quiero! Por eso me voy a caminar a la tarde. Me voy al río, al campo, a la ruta… y pienso y pienso y pienso… ¡Y vos encima caés a media tarde para pescarme y me salís conque te sigo haciendo cornudo como en Buenos Aires!
Pedro agachó la cabeza, de pronto se sintió mal, culposo
—Mi amor, perdoname…
Ella también bajó la cabeza, pero se cuidó de no llorisquear. Si lloraba (y ganas no le faltaban, porque su queja era una excusa pero basada en lo que sentía) él iba a querer abrazarla para contenerla y ella seguía oliendo a garche.
—Está bien, no es nada… —dijo, aunque su rostro decía otra cosa. Se levantó del sillón y fue apurada al baño. Pedro lo interpretó como que se sentía frágil y enojada con él, por eso no fue tras ella. Esperaría a que se lavara la cara y se le pasara esa angustia. Uno o dos minutos bastarían. Por eso le sorprendió cuando desde el baño se escuchó la ducha. Pero no pensó lo peor, no en ese momento y después de lo que Elizabeth había dicho.

Esa semana Elizabeth no fue del Tune, ni a la casa del jefe de Pedro. Por las tardes, durante siete días completos, fue a caminar de verdad por el rio, a sabiendas que Pedro alguno de esos días la estaría vigilando.
No fuera cosa que su marido pensara que ella no lo respetaba.

Fin.



— FIN DE LAS ANÉCDOTAS—



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