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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Amiga del Pasado

AMIGA DEL PASADO (ver. 1.5)
Por Rebelde Buey - 13.790


1

Hacía quince años que no escuchaba esa voz. Quince. Detrás del gimoteo de dolor, de esa agitación de haber estado llorando un segundo antes, la voz de Samanta se me hacía tan dulce y cautivante como cuando éramos adolescentes.
Tardé en responderle, la sorpresa del llamado me había dejado sin reacción.
—Sí, soy Hernán… ¿Samanta, no?
—Me reconociste… ¿Cómo…? –Ella supo cómo. Y también por qué. —Siempre fuiste un gran amigo, Hernán. Ya me siento mejor nada más de haberte encontrado.
—¿Estás llorando…?
Suspiró muy profundo. Pude sentir su aliento en mi rostro a través de la línea del teléfono.
—Estoy mal, sí... Muy pero muy mal… Angustiada, destruida… Y sé que soy una desubicada llamándote así de la nada después de tantos años, pero no tenía a nadie a quien…
—No, no, no, no… por favor… ¿Cómo vas a pensar eso? Somos… Fuimos muy unidos, ¿ya te olvidaste? Casi novios, ¿te acordás?
Ella rió un poco.
—Sí, “casi”. Si no fuera que ese día que te me declaraste me reí de vos y me acosté con Dami, hubiéramos sido novios. –Lo dijo en un tono de arrepentimiento que no logró diluir el sabor amargo del recuerdo. Se puso más seria cuando me preguntó: —¿Te casaste?
—Sí. –Ella volvió a suspirar, y a mí se me antojó que hubo decepción en ese gesto. —¿Vos?
Respiró para contestar y se quedó muda por un momento. Finalmente, dijo vencida:
—No, yo… parece que estoy maldita para esas cosas…
—¿Maldita…? Jé… –medio me reí sin entender por qué hacía un chiste en ese momento.
—Sí, maldita… Pero maldita en serio… Como si me hubieran hecho un “trabajo” o algo así, no sé… Hay algo malo en mí…
—No digas pavadas –traté de animarla. —Sos inteligente, sensible, leal, hermosa… ¡más que hermosa! Sos, creo, la chica más linda que conocí en mi vida.
—Gracias, Hernán… Vos siempre tan bueno conmigo… Pero ya no soy la que era. Ya no soy una chica, para empezar. Y ya no soy tan hermosa y… bueno, eso de la lealtad es tan… subjetivo…
—No creo que te falten hombres.
—Acaban de romper conmigo, Hernán.
—Bueno, pero pensá que…
—Quince días antes de casarme.
—Uh… Lo siento, Samanta…
—Y es la tercera vez que me sucede… –largó en un llanto.



2

Nos habíamos citado en el riacho encajonado de Puerto Madero en forma inmediata. Era un lugar tranquilo, muy lindo, que la iba a relajar.
Yo no lo admitiría nunca, pero además de contenerla como amigo, quería verla. Cuanto antes. Es que de chicos Samanta me había tenido a sus pies, enamorado perdidamente; aunque luego, ocho años de terapia me habían convencido de que en realidad no me tenía enamorado sino simplemente fascinado.
Ahora se aparecía de la nada, llorando, y yo no podía hacer otra cosa que ir a verla y sacármela de la cabeza para siempre, comprobar que era un encandilamiento adolescente y nada más.
Los nervios me mataban, se me hizo un nudo en el estómago al llegar al punto de encuentro. Me había cambiado de ropa media docena de veces queriendo lucir bien, no sabía por qué, aunque no como para que ella piense que me importaba el encuentro con segundas intenciones.
La vi de espaldas, mirando el agua, y supe que era ella. Estaba igual. No, no igual. Estaba mejor. Más alta, más carnosa, más mujer. Mantenía la cola perfecta que solía tener y ahora sumaba unas piernas formidables. El jean le daba un toque informal, pero las botas de cuero le devolvían una elegancia como casual. Giró, presintiéndome, y su rostro hermoso me impregnó el alma y supe, cuando vino a abrazarme angustiada, que yo estaba –otra vez– perdidamente enamorado, mucho más enamorado que antes, mucho más que lo que había estado incluso de mi mujer. Mucho más que nada en este mundo.
Buscó refugio en mis brazos y se largó a llorar, desconsolada.
—Gracias… –me decía. —Gracias por venir… Gracias… No sabía a quién llamar…
—Está bien, Samanta… Hiciste bien, mi amor…
La contuve así, en mis brazos, llenándome de su perfume un largo rato, aguardando pacientemente a que se calmara. Los sollozos la agitaban y sentía sus pechos subir y bajar contra mis costillas. Sé que no correspondía, pero su contacto me provocó una erección que no logré reprimir.
Fuimos a sentarnos a una banca.
—Estoy destruida, Hernán… Nunca voy a formar una familia…
—No digas boludeces… ¡Ese tipo tiene que estar loco para dejarte…!
Me sonrió agradeciendo mi gesto dulce, y me acarició la cara.
—Es… difícil de explicar… Me da un poco de… no sé…
—¿Le metiste los cuernos?
—Ojalá fuera eso. Si le hubiera metido los cuernos ya estaba casaba. Siempre me pasa lo mismo: no sé mentir, no puedo ser desleal, tengo que ser absolutamente franca con mi pareja… Así perdí decenas de novios…
—Si ellos no saben apreciar la sinceridad…
—Ellos lo apreciaron, pero es más complicado… No sé cómo explicártelo sin que pienses que soy una hija de puta o una loca…
—Explicalo como te salga. Vos sabés que yo no te voy a juzgar… Nunca lo hice…
—Hernán, siempre fuiste un amor… Y yo no te supe valorar… ¿Ves?, eso que me pasó con vos, el día que te me declaraste, es lo que me pasa siempre. Soy sincera, soy demasiado sincera. A vos te herí, y a…
—No fue tu culpa… Vos eras demasiado mujer para mí… y yo era un chiquilín…
—Vos fuiste más hombre que la mayoría de los tipos con los que me acosté en mi vida. Y mirá que fueron cientos.
La confesión descarnada de semejante número me sorprendió, pero hice como que no.
—¿Qué pasó como para que tres tipos te dejen antes de casarte…?
Se puso grave, miró al río, a dos chiquillos que correteaban entre ellos, la nena tratando de alcanzar al nene para darle algo, y el chico que se le escapaba. Miró sus botas, su cartera haciendo juego y el piercing en su pancita increíblemente perfecta para sus treinta y pico.
—Fue cuando terminamos quinto año, en el viaje de egresados… ¿te acordás que la mayoría fueron a Bariloche, y Fernanda y yo nos fuimos a Brasil…?
—Me acuerdo, fue una gran decepción para mí –le dije tratando de halagarla, ella sabía que era cierto.
—Ese viaje me cambió para siempre… Quisimos hacer nuestro propio Bariloche en Rio de Janeiro… Ya sabés: alcohol, boliches, descontrol… Terminamos… éramos chicas, Hernán, vos te acordás de esa época…
—Sí, sí, ¿qué pasó?
—Terminamos descontrolando mal las dos con un grupo de… de negros… de brasileros, pero negros… Nada: jodiendo que si la tenían grande, que si eran buenos amantes, todas esas boludeces… Nos pusimos en pedo y nos encaramos un grupo de brazucas en un bar. Un grupo grande.
Tragué saliva. De pronto me imaginé esa escena, pero no con el cuerpo de Samanta de adolescente sino con la de los pechos contenidos en el escote que ahora tenía a escasos centímetros.
—¿Cu… cuántos negros…?
—No sé, estábamos borrachas, pero eran muchos. Yo creo que hasta cerraron el bar para darnos entre todos. Como sea, la pasamos… La pasamos re bien, Hernán… La pasamos tan bien con esos negros, que los diez días del viaje solo cogimos con negros como esos… ¿entendés?
Yo estaba poniéndome al palo nuevamente, aunque nada grave.
—Entiendo que eran pendejas y que descontrolaron un poco, como todas las pendejas a esa edad. No te pueden dejar por eso.
—No, Hernán… El tema es… el tema es que todos esos mitos de los negros, del tamaño y cómo cogen, son verdad…
—Dejate de joder…
—En serio. Nos trataron como putas. Nos dominaron, nos doblegaron, abusaron de nosotras, nos usaron como cosas y encima con esos pedazos de… ya sabés… enormes. Eran un montón y no paraban de cogernos y cogernos, y usarnos, y someternos, no solo el cuerpo, también la voluntad y…
—¡Pará, pará!
Ahora sí que mi erección era grave.
—¡Ay, perdóname, debés pensar que soy una cualquiera…!
—No, no pienso que sos una cualquiera. Para mí sos única…
Me sonrió secándose las lágrimas y me dio un beso.
—Sos un amor, sos un divino… ¡Qué suerte tiene tu esposa, te juro que la envidio…!
—No tengo esposa, no estoy casado…
—Pero… me dijiste…
—Me preguntaste si me había casado. Y sí. Pero estoy divorciado.
Los hombros se le aflojaron y me pareció ver que una comisura de sus labios amagó una microscópica sonrisa.
—El problema es que… una vez que estuve con esos negros… me refiero a los diez días en Río… Se me complicó relacionarme con otra gente que no sea como esos negros… Dominantes, pijudos… No quiero parecer una puta ni tampoco una frívola. No soy tonta, sé que un matrimonio no se basa exclusivamente en el sexo, pero tiene su importancia…
—Claro…
—Por eso cuando encontraba un chico que me gustaba, me ponía de novia. Pero esa clase de negros… es como que me llaman, Hernán…
—¿El recuerdo de ese viaje…?
—¡No, qué recuerdo! Armé gran parte de mi vida en base a ese tipo de relación: me voy todos los veranos a Brasil, los carnavales siempre los paso en Río, acá en Buenos Aires voy a bailar a boliches de brasileros, o de africanos, ahora que se está armando una colonia… No quiero parecer una adicta, no lo soy, es que coger con un tipo común no me llena… Puedo amarlo, pero no me llena…
—¿Probaste comprometerte con un negro?
—Probé de todo. Los negros que se comprometen son peor que los blancos: demasiado respetuosos, muy blandos. La tendrán grande pero son los más pelotudos. Yo quiero un negro, o varios, que me traten como una puta. En la cama quiero ser una puta. Pero mis novios siempre me respetaron como a una novia. Y los negros que me cogen bien, los que me dominan, no quieren saber nada con casamiento, ni siquiera con convivencia…
—Y cada vez que le confesaste esto a tus novios, te abandonaron…
—Más o menos, sí. Pasa que no quiero casarme y faltarles el respeto, no quiero cagarlos estando casada. Puedo hacerlo mientras la cosa no va en serio, pero no quiero vivir con un cornudo, ni sentirme culpable, ni joder a alguien que quiero…
El nene que correteaba estaba siendo atrapado por la nenita, que acababa de alcanzarlo y le mostraba algo en su mano. Suspiré.
—¿Qué vas a hacer?
—O me consigo un novio que me coja como merezco o tengo que aprender a hacerlos cornudos y que no me importe… Y la verdad es que no creo que ninguna de las dos cosas sean posibles…
—O te conseguís un novio que te coja tan mal que le dé culpa y te deje revolcarte con todos esos negritos que te gustan… –me reí. Estaba tan al palo que tenía miedo que Samanta lo descubriera.
—¡Jajaja!! No está mal eso, ¿eh? ¿Ves?, ya me alegraste el día. Sos único…
—Mirá, te lo decía en chiste pero también en serio. Me refiero a que tiene que haber un tipo ahí afuera que sea justo para vos…
—Hay mil tipos a los que les intereso, todavía tengo lo mío…
—¿Todavía tenés lo tuyo? ¡Estás recontra buena!
—Gracias, vos sí que sos un caballero…
—¿Tu novio no lo era?
—No, me estaba acordando de los negros… Son tan brutos, tan salvajes… al menos con los que me relaciono yo… No son caballeros como vos…
Mi erección se incrementó. ¿Me estaba mezclando con sus negros? ¿Me estaba comparando? ¿Por qué de pronto estaba yo involucrado entre sus amantes?
—¿Cómo es eso de que armaste tu vida alrededor de ese… fetiche?
—De a poco y sin proponérmelo fui haciendo una vida alrededor de mis gustos… Y mis gustos son… bueno, ese tipo de negros… así que todo termina teniendo que ver con eso. Mi trabajo, el lugar donde voy a bailar, las clases de brasilero que tomo, las vacaciones, mis amigos, un par de emprendimientos que estoy armando… –suspiró como resignada y se acomodó los lentes oscuros entre su cabello. La remera se le estiró y por un segundo la presión de la tela sobre sus pechos le marcó un pezón de tal forma que me pregunté si estaría excitada como yo. —Me escucho y me parece mentira. Debés pensar que estoy loca…
—No, no, por favor. Pienso que… es difícil encontrar a una mujer tan apasionada con algo… No soy nadie para juzgarte, creo que nadie debería juzgarte, pero sí me doy cuenta de tu pasión… y no hablo solamente de los negros… me imagino que debes ser así de apasionada para todo… incluso de tu relación…
—¿Te parece…?
—Creo que tenés pasión por ese fetiche, sí, pero al blanquear esa pasión a tus novios, también estás demostrando una verdadera pasión por tu relación… La querés sincera, y tomás el riesgo de que se te pudra todo para no resignar un valor superior: la lealtad. A vos no te dejaron por ser puta, te castigaron por ser leal…
—Nunca… Nunca me habían dicho algo así… Y yo jamás pensé las cosas de esa forma… –bajó la vista y miró mis manos cubriendo las suyas, abrigándolas. —Sos maravilloso, Hernán… me alegra haberte recuperado… me alegra tanto… No entiendo cómo tu esposa se quiso separar de un hombre tan claro e inteligente y tierno como vos...
—Me dejó por un negro…



3

Nos encontramos esa misma noche. Yo la había consolado, comprendido y abrazado varias veces durante aquel mediodía, y me había mostrado curioso y medio incrédulo, aunque adrede, respecto de ese circuito aparentemente armado que tenía Samanta alrededor de su fetiche por los negros.
La pasé a buscar por su trabajo, un bar senegalés en la zona de Palermo “algo”, donde tomé un café mientras ella terminaba de atender las últimas mesas.
Fue raro. Muy raro. Samanta era ahora una mujer, pero había sido el amor de mi vida en la adolescencia. Y más, ahora estaba soltera y estaba mejor que antes, no solo de curvas: se la veía más mujer, sin las histerias de aquella edad, sin aquel egocentrismo, aunque conservaba ese halo de vanidad de antes, pero mucho más controlado ahora, de modo que hasta lo utilizaba para ser más seductora. A pesar de su crisis y angustia, se la veía tan independiente y construida, tan enfocada en lo que quería, que se me hizo imposible no mirarla como mujer para mí. Y lo raro era que yo estaba ahí, tomando mi café, y observando cómo uno a uno todos los senegaleses de la barra o de las mesas le hacían chistes, le tocaban las manos, le daban charla. Encima Samanta vestía muy linda, sencilla pero sensual, y era obvio que estaba seductora con todos los negros.
Excepto conmigo, que era blanco.
Lo noté, pero no me ofendió. Sí me atendió, me trató bien, y se puso muy contenta de haber ido a buscarla. Pero su adrenalina estaba apuntada a otros hombres. A los negros. Fue confirmar su pasión, y eso, puntualmente verla tan apasionada, que no solo no me puse celoso sino que hasta le admiré.
Cuando terminó la acompañé caminando a su casa.
—¿Tus novios sabían que trabajabas acá…?
—Antes trabajaba en un estudio de abogados… pero con el último estuve trabajando acá… Ése sí, ese sabía. Igual nunca vino. Supongo que no le gustaba…
—A mi me gustó verte trabajar.
Se hizo un silencio, no de los incomodidad, sino evaluatorio. ¿Qué había querido decir yo con eso?
—No te gustaría tanto si fueras mi novio.
—¿Qué tiene que ver? Me gustó verte ahí. La seguridad con la que te movés, cómo tratás a los clientes, cómo se te ilumina la cara… Parece que irradiás algo cuando estás rodeada de negros… Parecías distinta…
—¿En serio?
—Me gustó cómo parabas la cola disimuladamente para gustarle más al negro de la barra…
—Hijo de puta… –me empujó riendo.
En su departamento me ofreció Coca Cola y se fue a duchar y cambiar de ropa. Era un departamento viejo y bastante tirado abajo en un barrio medio pobre donde vivían peruanos, brasileros, bolivianos y donde se había instalado las nuevas corrientes de inmigrantes africanos: senegaleses, nigerianos y cameruneses. Había una cocina comedor chiquita, sin puerta, donde Samanta me tenía mientras se cambiaba para irnos a bailar.
—¿Cómo te diste cuenta de que paraba la cola…?
Me hablaba desde su habitación. Yo, desde el comedorcito, me apoyaba en el marco de la puerta y trataba de estirar el cogote para espiarla. Deseaba ver ese cuerpazo desnudo, quería comprobar si estaba tan buena como parecía.
—Fui cornudo de un negro pijudo durante un año…
Fue decir eso y tener una nueva erección. Me descubrí pensando no ya en si el cuerpo de Samanta estaría tan bueno como prometía, sino que me dio curiosidad de saber cómo era el cuerpazo que se disfrutaban tantos negros.
—No sé cómo hacés pero… vos me ves… –me decía mientras trataba de espiarla infructuosamente. —Vos realmente me ves…
Me encontró estirado, procurando rasguñar algo de ella, y me sonrió con picardía cuando salió de su habitación, ya cambiada
Estaba hecha una perra. Una maldita perra bastarda capaz de matar a un viejito de un infarto. El cuerpazo era casi lo de menos. Estaba vestida como una puta fina, como esas mujeres híper sexys de los comics. Una remera corta y ajustada, agujereada por todos lados estratégicamente, dejando su exquisita pancita al aire, una minifalda tableadita muy muy breve, botas altas, altísimas, y gran cantidad de brazaletes, adornos, cinturones, tobilleras y qué se yo cuántas cosas más. Parecía una femme fatal de los manga japoneses. El pelo como despeinado, pero perfectamente acomodado, mojado con gel, y un muñequito, como un peluche, sobre su hombro.
No había forma de no querer cogérsela. Y lo que calentaba más no era todo eso, era que ella era consciente de lo que provocaba, y lo manejaba a discreción.
Me quedé tan atónito que me congelé. Hasta que luego de un minuto interminable ella comenzó a reírse.
—¡¡Jaajaj!! Te iba a preguntar qué te parece pero por lo que veo te gusta cómo me queda…
—Estás… estás… Sos…
—Voy a tomar eso como un cumplido, ¡¡jajaja!!
—¿En serio tus novios te dejaron? ¡Pero son unos pelotudos mayúsculos!! –lo dije indignado, frente a ella, observándola de pies a cabeza.
—No me dejaron por esto, me dejaron porque les dije que no podía dejar a los negros…
—¿Y qué? –Mi indignación no aflojaba. —Con una mina como vos y vestida así ni hace falta coger. Con verte así como estás ahora tu marido ya se tiene que dar por satisfecho sexualmente.
Había querido hacer un chiste pero me salió más largo y serio de lo debido, y como no dejaba de mirarla con cara de sorpresa, mis palabras quedaron enrarecidas.
—¿O sea que ahora estás sexualmente satisfecho…?
Me desacomodó el comentario, me sentí como cuando era chico y la maestra me descubría espiándole el escote.
—Era un chiste… No quise decir que con verte me voy a satisfacer solo… uy, eso suena medio masturbatorio, ¡jé! Tampoco quise decir que me bastaría con verte y masturbarme, ¿eh?… –¡Dios, debía callarme! —O sea, quiero decir… Quiero decir…
—¿Te das cuenta que estás hablando de mí, de mi ropa y de masturbarte?
—No, no quise decir eso, Yo…
Ella estalló en una carcajada.
—Vamos a bailar. Vos ya estarás satisfecho, pero yo no.
Estaba tan pero tan al palo que me costó caminar. Y ella se dio cuenta. No dijo nada, pero yo me di cuenta que se dio cuenta. Pensé que iba a ser embarazoso, cuando se dio algo fantástico.
—Aguantate –me pidió, y me señaló el indisimulable bulto. Me lo dijo de una forma tan natural que me calmó y le quitó a la situación cualquier chance de incomodidad. De pronto me sentí como si estuviera hablando con una esposa de varios años, en absoluta confianza. —Porque si te voy a mostrar cómo me las arreglo en un boliche brasilero podés llegar a ver cosas que te van a poner peor… y te quiero atento y disponible por si necesito algo de ayuda.
Me quedé.
—¿Ayuda...? ¿De qué estamos hablando…?
—Conseguite un taxi. No voy a andar por la calle vestida así…
Llamé al taxi de inmediato desde mi celular. Ella se sentó a la mesa y adoptó un aire de princesa, de inalcanzable, que evidentemente manejaba a la perfección. Se la veía divertida, como jugando, pero a la vez me observaba con ojo clínico.
—Haceme un trago –me ordenó sin más. —Algo fuerte pero dulce.
Me di cuenta que debajo de su gesto cómplice me estaba evaluando, y decidí seguirle el juego. Obediente, fui a la heladera a ver qué se podía hacer.
—Fuerte pero dulce… –le dije. —¿Así, como vos…?
Me festejó el cumplido y me miró con interés.
—¿En serio estarías hecho con verme?
Puse las botellas sobre la mesada y la miré serio.
—¿Alguna vez tu novio te vio vestida así?
—Una vez… y me sacó cagando. Me hizo volver a cambiarme por algo más normal… Desde ese día nunca más usé este tipo de ropa con él... Ustedes los hombres son unos tarados, porque al final esta ropa la terminaba usando igual, pero con los negros, que te puedo asegurar que sí saben apreciarlo…
—Yo también sé apreciarlo –se lo dije ofreciéndole el trago que había improvisado, mirándole deliberadamente los pechos y los labios carnosos.
—Es distinto, si fueras mi novio no creo que te gustaría…
—Si fueras mi novia y te me aparecés vestida así, la que estaría en problemas serías vos…
—¿Por qué, me violarías?
—No podría. Estaría hecho antes de ponértela.
Nos reímos. Se hizo un silencio perfecto, de miradas cruzadas. Me acerqué a ella un poco. Ella se acercó más. Nuestros rostros estaban muy cerca uno del otro, casi para besarnos. Sentí la conexión única, profunda, por unos breves segundos. Hasta que el timbre anunció que había llegado el taxi.



4

No podría decir que en el boliche era otra mujer. Era la misma, pero evolucionada. Conocía a todos, y todos la conocían a ella. Entramos sin pagar, y ya el negro de la entrada la saludó con la familiaridad muy cercana, la que tiene alguien que ha compartido una cama. De hecho, esa confianza tan particular la tuvo con varios tipos del lugar. En la barra saludó a los tres barman, uno de ellos negro, y a otros dos tipos más que estaban charlando en la caja. Fuimos al VIP, donde me presentó a muchos de sus amigos. Noté que me presentaba solamente a hombres de color, no a los blancos ni a las pocas mujeres que también había. Los negros me saludaban con un apretón firme de manos y una sonrisa, y a ella con un beso en la mejilla y mucho manoseo.
Era un clima bastante festivo y relajado, los negros eran muy cordiales, todos brasileros. Se los veía buena gente y buena onda. Las chicas también estaban alegres pero menos distendidas, como más en pose. Y los que estábamos más tensos que nadie éramos los cuatro únicos blanquitos, mirando todo con sorpresa, sentados en silencio y medio cohibidos, sin hablar y sonriendo sin entender cuando algún negro o alguna chica decían algo aparentemente en broma.
Samanta fue una buena anfitriona. Primero charló con varios hombres, a los que me iba presentando. Y luego me tomó de la mano y me llevó a un sillón más apartado, se tiró junto a un negro que estaba hablando con un amigo y me arrastró hacia ella. Quedamos pegados el uno con el otro, solo que yo pendiente de ella, y ella pendiente de los negros.
—¡Samanta, meu amor!! –lo saludó el que estaba a su lado. Era un moreno atlético de expresión divertida. La tomó de la cintura y la besó brevemente en los labios. La manota que la rodeaba iba y venía en un manoseo entre cariñoso y sexual, y se chocaba contra mi costilla. Con la otra mano, el negro comenzó a acariciarle los muslos.
Samanta giró hacia mí y me explicó:
—Este es Fabiano. Es uno de los bailarines del boliche
—Hola –me saludó con una sonrisa, y luego se dirigió a ella. —¿Cuándo nos casamos, Samanta? –le preguntó en broma, pero aprovechando para manosearla más, ya por debajo de la faldita tableada.
—Cuando dejes de ser un mujeriego –se rió. —Mi esposo debe ser hombre de una sola mujer…
—Y yo seu um hombre de una sola mulher, Samanta… – hablaba tratando de que su amigo negro lo apoyara, pero su amigo se reía.
—Una sola mulher por vez… –lo crucificó el otro, y nos echamos a reír, aunque yo con la distancia de quien acaba de ser presentado.
—Ni siquiera así, Fabiano. Te vi el sábado pasado con las gemelas en el otro vip.
—¡Ahhh, jajaj…! –el otro señaló a Fabiano y se burló de él, quien se dobló como vencido ante el destino.
—Vas a quebrar meu corazón, Samanta…
El negro dejó de hacerse el payaso y reparó en mí. Vio que Samanta todavía me tenía agarrado de la mano.
—¿Es tu novio?
Samanta se sorprendió por la pregunta y giró y me miró, ahora sin su sonrisa, evaluando vaya a saber qué. Yo estaba al re palo por toda la situación, por lo muy puta que ella vestía y por la familiaridad sexual que había entre todos los morenos y ella.
—No lo sé… –le dijo sin soltarme. Y agregó, ahora mirándome a los ojos y sonriéndome. —Depende cómo se porte esta noche…
Si ya estaba al palo, con ese comentario la pija casi me explota dentro del pantalón. Miré alrededor para disimular, pero fue peor. Dos de las otras chicas estaban siendo besadas descaradamente por algunos negros, la primera por uno, y la otra por dos. Los blanquitos que parecían perdidos estaban cada uno a su lado, mirando tímidamente, como cornudos, sin participar.
—¡Vení, vamos a bailar! –me levantó Samanta.
—Pará que estoy al re palo, amor… –le dije al oído, mientras me arrastraba. Eso pareció alegrarla porque me lo festejó.
—Mmmmm… –exageró. —¿Puedo ver? –y trató de manotearme abajo. Yo me corrí, ella se rió. —¿Te creés que alguien se va a dar cuenta?
—¡Ey! ¡No la tengo tan chiquita!
—¡Jajajaj! –Estábamos en una escalera angosta que daba a la pista. Me tomó de las dos manos antes de terminar de bajar y me acercó a ella. —¡Tonto! –dijo divertida.
Y me besó.
Dios, cómo me besó. Sentí su aliento exquisito, su humedad, sus labios carnosos. Debía ser un sueño, era imposible que Samanta me estuviera besando. Yo tenía los ojos cerrados y no quería abrirlos por temor a despertarme. Pero los abrí un parpadeo, y ella también los tenía cerrados. El beso se extendió, nos mordimos brevemente, jugamos con las lenguas, con las manos saqueándonos los cuerpos, los ojos siempre cerrados, el perfume invadiéndome por los poros, y su jadeo… Porque la muy amorosa jadeaba, era una mujer apasionada, lujuriosa tal vez, y jadeaba con ese primer beso. Lo que me enamoraba más. Aunque el jadeo ya era fuerte, bastante fuerte. Y los movimientos eran medio brutos para ser un beso, y rítmicos… se movía hacia mí una y otra vez, como si…
Abrí los ojos.
Un negro estaba detrás de ella, pegado a ella, a su espalda, contra su cabello. La besaba en el cuello por atrás pero le metía una mano abajo y la serruchaba acompasadamente. Samanta seguía con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
—Mi amor… besame… –me pidió. —No dejes de besarme… Te necesito acá… Te necesito ahora…
Y la tomé de la cara y mientras veía al negro respirarle con lujuria en el cuello, pajeándola abajo lleno de morbo, la besé a Samanta con una pasión incontrolable, con una pasión como jamás había sentido.
Le comí la boca suave y carnosa con ganas, con furia y con dulzura, ella me abrazaba la cara y la cabeza, y me bebía con su lengua y su aliento ya sin control; todo mientras el negro seguía detrás de ella besándola por el cuello y hurgando en su conchita con dedos invasores, pajeándola como a una puta, haciéndola suya de la manera más barata, tocándola, sacudiéndola repetidamente una y otra vez, probando con otro dedo, probando quizá otro orificio, corriéndole la tanguita y manoseándole la cola con lujuria maldita.
Samanta ya no jadeaba, gemía, pero no me soltaba ni la cara ni la boca. Los movimientos del negro ya eran severos, eran topetazos que le daba con la mano a esta diosa que estaba entregándose a mí. No podía saber cuántos dedos le estaba metiendo, pero de seguro no era una pajita liviana. Los empujones tiraban a Samanta contra mí casi al ritmo de la música en los parlantes, y ella jadeaba más y más, y se dejaba ir y venir. Supe que debía aguantar su peso y tratar de que no se viniera hacia adelante porque si no dejaría de disfrutar. Fue raro, empezaba a sentir que Samanta era mía y sin embargo estaba ayudándola a tener un orgasmo en los dedos del negro.
Porque el orgasmo le venía, me di cuenta. Primero dejó de besarme, aunque no quitó su boca de la mía, y luego la vi un poco ida. Me tomó de la camisa y abrió los ojos y me suplicó.
—Mi amor, decime que está bien… decime que te gusto…
Los topetazos del negro serruchándola abajo no cesaban, ella casi chocaba conmigo a cada segundo.
—¡Me encantás, Samanta! ¡Siempre me…!
—¡No! Decime que te gusto así, que te gusto ahora; decime que te gusta la que soy ahora mismo…
—Te amo, Samanta… así de puta como te gusta ser…
—¡Mi amor! –casi se fue en lágrimas y comenzó a acabar como una yegua en celo, jadeando, reprimiendo a medias sus aullido de hembra poseída, gritándome el orgasmo en la cara, porque no me soltaba de la camisa y mi rostro quedaba junto al de ella, que orgasmaba feliz, plena, sabiéndome suya.
Me besó mientras acababa. Me besó como nunca nadie, con una mezcla rara de amor, salvajismo, cuidado y lujuria…
El negro la masajeó abajo un minuto más y se alejó, sacándole una promesa a Samanta (a quien evidentemente ya conocía) de que luego le devuelva ese buen momento.
Yo estaba más al palo que nunca, y no me importaba que el mundo lo supiera, ni que supiera por qué. La volví a besar pero fue otro beso. Fue un beso de encuentro, de dos almas que se hallan la una con la otra en un océano de almas perdidas. Nos abrazamos, además, y ella me susurró:
—Hernán, mi amor… Cuánto tiempo perdimos… ¡Cuánto tiempo tenemos que recuperar…!

Fin - 13.790

19 comentarios:

  1. ¡Buenísimo! El relato me la ha puesto como Samanta a Hernán y, como él, me he quedado con ganas de la continuación. ;)

    Por cierto, lo de "Me dejó por un negro" sencillamente genial :)

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  2. Que relato tan apasionante, eres capaz de cambiar de registros manteniendo el liston en el nivel de siempre. Enhorabuena

    Mikel

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  3. muy buen comienzo, espero que se ponga mas furte con el tiempo
    Gabriel

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  4. SLEMEX: jaajaj!! a mi también me gustó cuando se me ocurrió, como una buena ironía. y lo puse al final del capitulito para que se destaque más. que bueno que no lo notaras ;·)

    MIKEL: muchas gracias, mikel! me gusta cambiar de registro, por un lado para no aburrir (ni aburrirme) y ofrecer variadito, como una caja de bon-o-bon. Además me gustan tanto los cuernos morbosos como romanticones, así voy y vengo por esos carriles y algunos carriles del medio.

    GABRIEL: me alegro que te gustara, gabriel. no sé bien a qué te referís con "más fuerte", pero si hablás de más morboso en el estilo "leche de engorde" o "bombeando", no creo. Como decía mikel arriba, este relato tiene otro registro. Sí se va a poner más fuerte en cuanto a situaciones sexuales. Vamos, que los lectores de este blog (y el autor) no se conforman solo con una pajita para samanta, jajaj!

    Abrazo a todos!!

    Por cierto, MIKEL y GABRIEL, ya están en la lista de los relatos de cortesía (que va a empezar a crecer en cantidad y frecuencia). luego los busco en mi bandeja de mail y si no los encuentro se los pido por acá.

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  5. Otra joyita como Infancia, la verdad me quedé con ganas de seguir leyendo, te vuelvo a felicitar

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  6. Grande!! el tono del relato me gusta, tambien intento escribir, pero lo hago desde mi "cornudez", la realidad de un cornudo puede ser fantastica cuando es compartida sin culpa, una vez superada la culpa y reasegurado el respeto el juego es sumamente erótico, este relato va por ese camino, gracias

    veroextreme

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  7. Fantàstico! Lo mejor no es ya lo bien que sabes expresar el morbo y la fantasia de la cornudez. Es que, ademas, dominas el lenguaje literario y el tempo narrativo como pocos.
    Es decir, el texto se lee de un tirón, con extasis y, por muy seguro que estés imaginando o intuyendo por donde va a ir la cosa, te deja intrigado y con unas ganas locas de conocer la continuación.
    Una maestro, vaya!

    Pablo

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  8. Genial , como todos tus relatos, espero con impaciencia el proximo capitulo.

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  9. Excelente. Espero se ponga más morboso.

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  10. ES muy bueno y puede ser una gran serie Rebelde. También me quedo con esa frase con la que termina el capítulo.

    Pero a la vez es un relato de amor. De dos personas que han sufrido en sus respectivos matrimonios/noviazgos y como almas gemelas se juntan para recomponer sus vidas.

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  11. INCREIBLEMENTE BUENO. Soy lector asiduo de Marqueze y otras paginas, pero este relato me parecio excelente.

    Inmejorable.

    Muchas Gracias

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  12. VICTOR: no te preocupes, hay al menos una segunda parte de esta historia. la noche en ese boliche recién comienza.

    VEROEXTREME: totalmente de acuerdo. mucha gente no entiende que se puede cornear y ser cornudo manteniendo el respeto y los códigos, en definitiva: la lealtad. y el premio en disfrute es inmenso, porque es delicioso, pero muy especialmente, porque es compartido.

    PABLO: muchas gracias, amigo. creo q en este relato me salió muy bien lo de los "tempos". yo lo releí un par de veces, ya publicado, para detectarle errores, y me sorprendí lo "fácil" que se deja leer. a mi juicio es lo mejor que escribí de este género.

    ILEREVA / ANONIMOS: muchas gracias por los elogios, gente!! y va a haber una segunda parte, sin dudas.

    ALTAIR: claro, amigo, como bien dices es una historia de amor. es más, me animaría a decir a que es solamente una historia de amor, acompañada con un poco de cuernos.

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  13. Excelente relato y si le sigues agregagndo mas seria un excelente libro yo lo compraria din dudarlo.

    Saludos.

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  14. muy bueno !! los puedes ver ahi en el trio cachondo y el llamandola putita pero solo besandola mientras va ser enculadita por el negro...=D

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  15. La pasión del que está enfermo de amor, del que se pierde en la personalidad de la mujer, del que prescinde (como en el último párrafo) de lo que lo circunda y solo atiende a su pasión. Excelente!

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  16. Soberbio… eres un maestro para describir las situaciones y lugares en los que transcurre la historia… tal vez no me lo creas pero medio me identifique con el relato, lo mío no tuvo el mismo final, pero me hubiera gustado que así fuera.

    Saludos desde México

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  17. Este relato me resulta magnético, siempre vuelvo a leerlo. Ojalá nos des el gusto de una continuación, me parece que es una historia de amor muy pura, en la vena de la de Ezequiel y Tiffany. Me gustan mucho todas tus historias, pero cuando tocan el tópico de la lealtad me gustan mucho más, creo que esa lealtad no debe tomarse en sorna o como un elemento de morbo, es algo mucho más profundo lo que generás desde tu visión (y con lo que me identifico plenamente). Saludos. Por las dudas mi mail es parejitamorbosa1984@hotmail.com

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  18. Magnifico, la trama, los personajes, la descriptiva, y el final... Fantastico, espero te decidas hacer una segunda parte

    Saludos

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Se publica el 21/07/2017

Se publica el 21/07/2017
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