Qué temas con cuernos te gustan más?

viernes, 11 de marzo de 2016

El Pueblo Mínimo:
Elizabeth 2: Una Suegra de Visita


EL PUEBLO MÍNIMO:
Elizabeth 2: Una Suegra de Visita
(VERSIÓN 1.0)

Por Rebelde Buey
  

Pedro le avisó un día antes, nada más. Eso la fastidió, porque le arruinaba los planes que había armado para toda la semana. Encima la vieja conchuda se iba a quedar diez días en la casa, ¿cómo iba a hacer para hacer lo que quería hacer pero no debía hacer?
—¡Tendrías que avisarme antes, Pedro!
—¿En qué cambia? Ni que mamá fuera exigente.
No podía decirle que cambiaba todo. Que las cogidas en el almacén y la carnicería se suspenderían, que esa semana además la iba a completar con el Chicho, Cicuta y los dos viejos compadres, y finalmente Juan, el jueves que Damiancito salía más tarde del cole. Desde que la mujer del escritor (y el escritor) se volviera para Buenos Aires, ella había ido ocupando de a poco el lugar de la porteña.
Estaba lejos de lo que se rumoreaba sobre Natalia, que se había cogido al pueblo completo —y que ella no creía— y por otro lado tampoco aspiraba a tanto. Simplemente Ensanche la aburría, su marido la aburría, y ella había encontrado que ramificarle la corona de cuernos a Pedro era la solución a sus dos problemas.
—¡Me cambia todo! —se quejó— Tengo que re planificar las comidas y... y…
Hasta ella se dio cuenta que su excusa era tonta. La verdadera razón y lo que más la fastidiaba era que el miércoles iba a tener por primera vez un encuentro con Ángel y Pergamino juntos.
Pedro sonrió, la besó en la frente y le frotó un brazo.
—No te preocupes, amor, mamá no va a dar importancia a las comidas.
Susana, la vieja argolluda que había parido a su esposo Pedro, cayó a la tarde del otro día. “Al menos —suspiró Elizabeth— me permitió un polvazo de despedida con Caracú”. Susana no era de sus personas preferidas. Tampoco Elizabeth lo era de Susana. No es que se odiaran o hubiera algún problema en el pasado, simplemente nunca hubo química entre ellas. Elizabeth estaba segura que la vieja siempre la había tenido por una putita. No de las trepadoras o interesadas, sino de esas que siempre se rinden ante la pija. Sí, Susana estaba en lo cierto, pero a Elizabeth le molestaba que nunca tuvo pruebas de nada, solo su prejuicio.
—Vieja bruja… —murmuró cuando sonó el timbre y fue a abrirle. Había vuelto de la carnicería media hora antes. Estaba recién cogida, con la lechita del Caracú adentro y el cabello y ropa con olor a garcha. Tuvo tiempo de ducharse y cambiarse, pero prefirió no hacerlo para recibir a su suegrita como se merecía.
Se saludaron con cordialidad protocolar, no muy cálidamente, como de costumbre, y Susana se sorprendió. Había algo distinto en con su nuera. Llevaba el cabello suelto, como recién levantada de la cama. Estaba más delgada y por primera vez la veía con una minifalda a mitad de muslo. Sin embargo había otra cosa, algo invisible que Susana percibía y no terminaba de identificar. Como una cierta distancia, un crecimiento interior, el sobrevuelo que te da el conocerte mejor a vos mismo. Susana no olió el sexo en el cabello de ella, cuando intercambiaron besos, y así y todo estuvo segura que su nuera venía cogiendo más y mejor que nunca. Más que su hijo, con seguridad.
Acomodaron los bolsos en el cuarto de Damiancito, que era donde ella iba a quedarse. Elizabeth le dijo que se pusiera cómoda y fue a ducharse. Y Susana hizo algo que no se hace, aunque no la avergonzaba. Fue al dormitorio de la pareja y revisó los cajones de ropa interior. Los de Pedro tenían las medias y los calzoncillos ordinarios de siempre. En los de ella, en cambio, había dos tipos de prendas, del tipo normal y del tipo guerrero, como para ir a hacer de puta fina a un departamento privado. Y había  mucho más de esta segunda clase que de la decente.


Fueron al colegio a buscar a Damiancito, que se puso feliz de la vida al ver a su abuela. El colegio quedaba en Alce Viejo, el pueblo más cercano —un pueblo de verdad, no el caserío de Ensanche— y llegaron allí en colectivo. Pedro tenía un auto pero Elizabeth no sabía manejar. Susana observó en ese viaje de ida y vuelta a su nuera: de nuevo la ropa era un poco más sensual que la que usaba antes, nada escandaloso, otra minifalda a mitad de muslo y una remera súper ajustada y sin mangas, que le marcaba los pechos gordos y redondos en toda su dimensión, lo mismo que los rollitos en el abdomen, que ya no eran tan voluminosos. Susana la estudió moverse con los otros padres, mientras esperaban a que Damiancito saliera. No podía decir que ella fuera insinuante ni nada por el estilo, pero los dos o tres hombres jóvenes con quienes charlaban se la comían con la mirada. Las otras madres eran mucho más descuidadas, sin dudas su nuera sería la que todos se querrían coger en el colegio. Cuando volvían caminando, ya con su nieto correteando alrededor de ellas, Susana se dio cuenta que no tenía nada concreto contra Elizabeth, ni siquiera una mirada de curiosidad hacia un hombre. O bien su nuera era una esposa ejemplar, o una farsante fría y de perfecto autocontrol.
Fue en el colectivo de regreso que la vieja pudo notar algo. Apenas subieron, el chofer saludó muy cálidamente a Damiancito y muy familiarmente a la mujer de su hijo. No le gustó nada a Susana, no tanto por la familiaridad confianzuda sino porque en cuanto a ella la presentaron como la madre de Pedro, el chofer se puso más distante con su nuera. Para peor, era un tipo joven, ancho de espaldas y rápido de ojos. Susana pensó que en una pelea a las trompadas, o seduciendo a una mujer, su hijo no tendría chances contra ese tipo.
Se sentaron en el primer asiento, porque Damiancito quería ver cómo manejaba Juan. Aparentemente el chico siempre viajaba allí para ver conducir al hombre, y Elizabeth siempre se sentaba en el primer asiento junto al chofer. No hubo nada fuera de lugar en el viaje, aunque a Susana le dio la impresión, más de una vez, que el tal Juan la buscaba a su nuera con el espejo gigante de arriba. También le pareció, aunque no podía ser cierto, que Elizabeth tenía las piernas más abiertas de lo decoroso, y que por la posición y la minifalda el chofer le podría ver la ropa interior.
Durante la tarde, hasta que llegó Pedro, todo transcurrió normal, excepto por un momento en que, mientras jugaba con Damiancito, a Susana le pareció que Elizabeth cuchicheaba por teléfono tratando de que no se escuchara lo que decía. Quizá solo era su idea, en ese caserío perdido, ¿qué clase de hombres podría haber? De camino a tomar el colectivo solo había visto viejos de su edad, panzones y arrugados, así que se quedó tranquila. Luego recordó al joven chofer de colectivo y la tranquilidad se le fue.
Esa noche cenaron en familia, con Pedro exultante por tener a su madre en casa. Todo fue normal, y finalmente se fueron a dormir.
—¡Diez días con tu mamá en casa! —se quejó Elizabeth, ya en la cama— ¡Es demasiado, Pedro, llevátela al trabajo!
—Hablás como si no la quisieras.
—No, mi amor, la adoro, pero se va a aburrir…
—Y llevala a recorrer el pueblo.
—¡El pueblo se recorre en media hora, Pedro! —Elizabeth mostró cierto fastidio, pero al mismo tiempo se dijo que sería malvadamente divertido hacerle un recorrido por Las Cuadrillas, así su suegrita conocía a los tres machos que hacían cornudo a su hijo todas las semanas.


—Susana, ¿no me termina de colgar esta ropa, que tengo que ir a hablar con doña Clota?
Era al mediodía siguiente, ya habían llevado a Damiancito al colegio y aún faltaba media hora para comer. Susana le dijo que sí, por supuesto, pero se rumió un sentimiento de sospecha. ¿A qué tenía que ir a otro lado, a esa hora? ¿Y quién le decía que iba efectivamente a casa de esa tal Clota?
Elizabeth salió y fue a la casa de al lado. Susana la vio entrar, pues desde el fondo donde colgaba la ropa se veía toda la manzana, los patios y hasta las calles. Ya averiguaría quién vivía allí.
—¡Doña Clota, me tiene que ayudar, no sé qué hacer!
—Sí, preciosa, ¿qué pasa? ¿Necesitás que te cuide a Damiancito?
Doña Clota no lo decía como reproche, Elizabeth lo sabía. Si en algo conocía a su vecina era en sus formas directas, nada sutiles. Se habían hecho muy compinches en los últimos años, a partir de aquel día en que Elizabeth irrumpió en casa de la vieja en un llanto, quebrada, rota de soledad e impotencia, perdida, viviendo una vida de prestado. Elizabeth se desahogó con doña Clota. Se desahogó como una amiga de las entrañables, aunque no lo eran, y doña Clota la abrazó y la contuvo como a una niña. Charlaron un largo rato, horas, incluso en un momento el marido de la vieja apareció y doña Clota lo echó para seguir hablando. Elizabeth le contó un montón de cosas, como que terminaron en Ensanche porque Pedro le descubrió todas sus infidelidades, que pocas veces tenían relaciones íntimas, que él no la satisfacía y que la única manera de entusiasmarse en medio del acto era evocar a Martín o al portero. No le contó de Damiancito, pero Elizabeth estuvo segura que doña Clota lo adivinó.
—Es mi suegra —dijo ahora—. ¡Vino por diez días y ya no la aguanto más!
Doña Clota se sobresaltó, Elizabeth parecía al borde de la desesperación.
—¿Y cuánto hace que está en tu casa?
—Un día. Bueno, menos, vino ayer a la tarde.
Doña Clota largó una carcajada.
—¡Me parece que lo que a vos te molesta es que no podés hacer de las tuyas!
La vecina no solo estaba al tanto de las revolcadas de Elizabeth porque le cuidaba a Damiancito, con tantas escapadas habían terminado contándose sus cosas. De hecho, en los primeros años, doña Clota la había convencido a ella que se acostara con el Tune y el Caracú, y luego, cuando ya se los cogía con cierta regularidad, la animaba constantemente para que se abriera de piernas con otros machos del pueblo.
—Tenés que probar con el doctor, mi amor —la pinchaba doña Clota cuando mateaban de tarde, con Damiancito a upa de su madre, pues era casi bebé—. La tiene ancha como un mazo de naipes.
—¡Doña Clota! —la reprendía Elizabeth señalando con sus ojos a la criatura, pero con la boca abierta en una amago de risa.
—No me equivoqué con el Tune y Caracú, ¿no? Te pegan una buena lustrada dos veces por semana cada uno… —y le guiñó un ojo—. ¿Me hiciste caso de tomar la pastilla para que te vuelquen la leche adentro, no? Porque que esos dos machos no te llenen de leche sería un desperdicio…
—¡Doña Clota, que está Damiancito!
—Es muy chico, mi amor, no entiende nada.
Doña Clota siempre parecía obsesionada con la leche de los machos. Lo primero que le había preguntado al volver del primer encuentro con el Tune fue si la leche era bien espesa.
Como Elizabeth no dijo nada, la vieja se sirvió un mate y cambió de tema.
—¿Ya decidiste si lo vas a mandar al jardín de infantes al Damiancito?
Elizabeth quedó pensativa unos segundos.
—¿En serio la tiene tan ancha?
—¿Eh?
—El doctor… ¿En serio la tiene tan ancha?
—¿Te mentí alguna vez, hija?
Doña Clota sonrió, miró a Damiancito, aburrido sobre las faldas de su madre y a Elizabeth no pudiendo contenerse.
—Porque estoy necesitando… Bueno, hace mucho que no voy al médico…
—Por lo que se rumorea en el pueblo, el doctor se muere de ganas de revisarte.
—¿¡¿En serio!!??
—¡Lo sabe todo el pueblo! Menos el cornudo, claro… —Doña Clota echó una risotada corta—. ¿Te gusta el doctor…?
—Bueno, no… no sé… ¡A mí me gusta mi marido!
—Es buen mozo el doctor. Y te va a coger como si fueras una puta.
—¡Doña Clota, Damiancito! ¿En serio coge tan bien?
—¡Si lo sabré yo! Cuando estaba recién recibido y recién llegado al pueblo me hizo un hijo y un aborto en el mismo año.
—¡Doña Clota!
—Pobre mi Felipe, estaba tan ilusionado… Pero yo no quería hacerle otro hijo de otro… Me hubiera gustado, por un lado, sería como coronar secretamente a mi marido como el cornudo del pueblo. Pero si me salía con los ojos celestes del doctor no se lo iba a poder explicar… y yo amo a mi Felipe.
Elizabeth miró involuntariamente a su hijo, con gesto de culpa.
—¿Alguien…? ¿En el pueblo se sabe de algún otro que me quiera… es decir, que yo le resulte… bueno, no sé, interesan…?
—¿¿Que te quiera llenar de verga y leche??
—¡Doña Clota!
—¡Jajaja! ¡Te estoy provocando, hija! ¡Tendrías que verte la cara!
—Doña Clota, no hable así delante de Damiancito, por favor…
—Ay, hija, no entiende nada. Además, mejor que se vaya acostumbrando. Algún día yo no voy a estar y él te puede ayudar a seguir corneando a tu marido.
—¡No diga eso, es traer la desgracia!
—Ya va a crecer Damiancito, y va a ser un chico guapo como su padre, y bonachón como el Pedro. Y yo le voy a presentar a mi nieta. ¿Te gustaría, Elizabeth?
—¡Me encantaría, Doña Clota! ¡Y usted y yo en la primera fila de la iglesia!
Con el tiempo doña Clota no solo le informó y le preparó el terreno para que se la cogieran otros machos, se hizo su compinche y cómplice, y de a poco se fue mostrando como la morbosa que era, y contagiándole alguno de sus morbos. La vieja era fanática de la leche, en especial si era espesa. De esa peculiaridad, Elizabeth solo tomó lo de la leche: adoraba que le acaben adentro, o también en las tetas, pues le servía para desparramársela con sus manos por los dos pechos y pezones, como si se tratara de una crema. El otro vicio de doña Clota eran los cuernos. Le encantaba hacer cornudo a su marido, y gozaba con los cuernos que ella ayudaba a poner sobre la frente de Pedro y otros maridos del pueblo. En los últimos años incluso la vieja lo refería a Pedro como “tu cornudo” y a su Felipe como “mi cornudo”. A Elizabeth le había resultado divertido y pronto la imitó. Y en mateadas y charlas íntimas se solazaban contándose sus aventuras pasadas o presentes y nombrando a sus maridos no por sus nombres sino simplemente como cornudos.


—¿Y no te podés aguantar diez días sin pija, mi amor?
De vuelta en el presente, Elizabeth se mordió una uña.
—Sí… no… bueno, puedo estar sin la verga de Caracú… pero el Tune…
—El negro coge como pocos… —suspiró doña Clota.
—Y el doctor… Además de que la tiene ancha me hace calentar con lo de tratarme de puta y cómo habla del cornudo…
—Al doctor te lo vas a poder coger, hija. Le decís a tu suegra que estás enferma y hasta te va a cuidar a Damiancito.
—El tema es que… —Elizabeth se sorprendió con la idea de su vecina, que tenía la cualidad de ver las cosas siempre de la manera más simple— …esta semana tenía arreglado un encuentro con don Ángel y Pergamino…
—¿¿¡¡Los dos juntos!!??
—Sí, no, bueno… Juntos, supongo, pero no sé si “juntos”… No me dijeron nada, pero tengo la ilusión de que me quieran hacer una… emmm… doble penetración…
Doña Clota la miró como una madre orgullosa mira a su hija a punto de casarse.
—¡Ay, hija, qué contenta me ponés! ¡Ojalá se te dé…!
—No sé, nunca lo hice… y no me dijeron nada… Pero me gustaría, debe ser tan especial…
Doña Clota suspiró, recordando viejas épocas.
—Ay, las cosas que me hicieron esos dos hijos de puta mientras el cuerno se mataba trabajando…
—¿Me puede ayudar, doña Clota…?
—Claro, hija. Traé a tu suegra acá el día que te vayan a garchar y yo me le hago la amiga, la pongo en pedo o la drogo, y cuando quede tumbada te vas a coger con los otros dos sátrapas y listo.
—¡Doña Clota, no puede hacer eso!
—¡Claro que puedo! La voy a hacer cagar a esa vieja gorila y vigilante. No voy a permitir que vos te quedes sin una doble penetración nacional y popular. Hay que robustecer la cornamenta del Pedro, mi amor…
—B-bueno, doña Clota… Si usted cree…
—¡Viva Perón, carajo!


La tarde en que don Ángel y Pergamino iban a encamarse a Elizabeth, ésta y su suegra cayeron de visita a lo de doña Clota. Susana estaba muy ansiosa con la visita. Desde que había llegado a Buenos Aires, Elizabeth se iba todos los días a lo de la vecina con excusas  que a ella le resultaban poco creíbles. Al principio pensó simplemente que su nuera no quería pasar tanto tiempo con ella, lo que era comprensible. Pero al cuarto día se dio cuenta que Elizabeth se había duchado y puesto una ropa linda y sensual, y que había estado arreglándose frente al espejo un buen rato. Susana tomó el tiempo en que Elizabeth estuvo en casa de la vecina: dos horas. Se dijo que era mucho. Se dijo que era tiempo suficiente para tener un encuentro secreto con un hombre. Pero eso era imposible, el único hombre en esa casa era don Felipe, un viejo como de 80 años. No tenía nada en concreto para sospechar… y sin embargo sospechaba.
Lo que no sabía Susana era que don Felipe se iba todo el día a las carreras en Alce Viejo, y que en las tardes doña Clota hacía entrar a machos para Elizabeth, como Cicuta, o el Chicho, que se la cogían regularmente pero en sus casas.
Tocaron timbre en lo de doña Clota. Susana con un falso gesto amigable y Elizabeth como una nena, exultante, con los ojos llenos de luz y una sonrisa que se le salía de la cara. Susana iba vestida de señora, tal cual andaba en la casa. Elizabeth se había duchado y puesto un vestidito blanco y muy liviano, con lunares negros, que se volaba con cualquier mínima brisa. Susana la reprendió cuando el viento le levantó el ruedo y le dejó ver una tanguita blanca con encaje, metida —tragada— casi totalmente por el culazo.
—¿No estás demasiado… elegante para visitar a la vecina, vos?
Elizabeth sonrió. El vestido era bien bien cortito, mucho más que las minifaldas que había usado delante de ella esos días, y el escote era redondo y generoso, y le hacía lucir los pechos como cuando tenía 15.
—Es que si voy a esperar a que su hijo me saque a pasear, no lo estreno nunca.
Abrió la puerta doña Clota, vestida y peinada como una señora seria, de Barrio Norte. Elizabeth tuvo que reprimir una risita.
—Hooola, hola. ¡Bienvenidas a mi casa!
—Hola, doña Clota. Le presento a Susana.
—Es un gusto conocer por fin a la madre de esta niña angelical y hermosa. Yo siempre lo digo: si no estuviera casada con el otro inútil, ya sería la novia de medio pueblo. ¡Todos en Ensanche le quieren dar!
—¡Doña Clota!
—¡Señora, yo no soy la madre de Elizabeth, soy la madre del inút… digo, de Pedro!
—¡Jajaja! ¡Ya lo sé, Susana! Es que me gusta romper el hielo con algo divertido. ¡Y qué más divertido que un cornudo!
—¡Doña Clota!
—Elizabeth, ¿está sobria esta mujer?
—Estoy sobria, Susana, pero eso puede arreglarse… Vengan, ya abrí la botella de vodka.
Se sentaron en el living, alrededor de una mesita ratona. Susana notablemente incómoda. Elizabeth, desorientada.
Se sirvieron tres vasos.
—Yo no tomo alcohol, señora —advirtió Susana.
—Dale, Susana, no seas bragueta chupada y tomate un trago. Te va a relajar.
—¿C-cómo…? ¿Bragueta qué…?
—Dale, tomate un trago, no me lo desprecies, que es importado. ¡Demostrá que sos una buena petera!
—¡Doña Clota, que es mi suegra!
—¿¿¡¡Una buena petera…!!?? Pero qué…
—Acá con Elizabeth tenemos una teoría. Mujer que no toma nada de alcohol no puede ser capaz de hacer un pete decente. ¿Vos sos buena petera, Susana?
—¿Cómo me pregunta eso? Elizabeth, ¿qué clase de…?
—¿Fumás, Susana? —la cortó Doña Clota, mostrándole una caja de Marlboro.
—S-sí… Bueno, hace mucho que no, pero se lo acepto…
Doña Clota sacó de otro lado otro tipo de cigarrillo y lo encendió. Estaba hecho a mano y apestaba raro. Se lo ofreció a Susana.
—¿Qué es esto?
—Cigarrillo ecológico. No tiene nicotina ni alquitrán. Es más sano que un novio fiel.
Susana dio una pitada. Luego una segunda, más larga. Elizabeth, al lado, la miraba con ojos abiertos de asombro.
—Yo voy a tomar otro vasito —dijo Elizabeth, y se sirvió el segundo vodka.
—¡Eso, hagamos un brindis! —se entusiasmó doña Clota—. ¡Por los buenos petes!
Esta vez Susana tomó su vaso, hizo “chin” con las otras mujeres y tragó el líquido claro y brilloso como el agua. Sintió fuego en su garganta, y luego en su estómago, y otra vez en la garganta y se echó a reír.
—¿Cómo les puede gustar esta porquería? —se quejó—. ¡Sírvanme otro!
Media hora después, cuando tocaron a la puerta, Susana estaba bailando un chamamé arriba de la mesita ratona, subiendo su falda por las rodillas y terminando su tercer cigarrillo ecológico y su quinto vasito de vodka. Vio entrar a los dos hombres, dos viejos con buena facha pero pueblerinos, rústicos. Los vio y en un segundo no los vio más, como si hubieran desaparecido, al punto que dudó si los había visto realmente o solo imaginado. Siguió bailando, estaba demasiado ida para advertir que también su nuera había desaparecido.


Elizabeth entró con paso lento a la habitación de doña Clota, donde ya estaban don Ángel y Pergamino, y cerró la puerta. Los dos hombres se la comieron con los ojos. Se la habían cogido por separado, más que nada don Ángel, que le venía surtiendo leche desde hacía más de un año, pero nunca la habían visto tan sensual. El vestidito blanco era de esos livianos que te marcan el cuerpo y te lo dibujan bajo la tela, incluidas las costuras de la ropa interior. La falda era bien cortita, y como Elizabeth tenía unos kilitos de más, los muslos se le hacían firmes, poderosos. La hicieron girar para ellos, en los ojos de la mujer se notaba la excitación de estar entre dos hombres, regalada como un juguete que iba a ser compartido, llena de expectativas por dar y recibir. La hicieron girar y ella lo hizo casi en puntas de pie, lentamente, no tanto por creerse sensual sino por esa inseguridad momentánea que le dio el saberse evaluada. El vestidito no solo era liviano y corto, también era ajustado. Los dos chacales silbaron de aprobación al ver el culazo gordito y redondo que estiraba la tela hasta romperla y que reclamaba ser penetrado. La tela era tan delgada que el relieve de la tanguita metiéndose entre las nalgas se dibujaba como con tiza.
—Qué pedazo de culo, por el amor de Dios…
—Cómo te lo vamos a hacer, putón… El cornudo estaría orgulloso de toda la leche que va a tragar…
Elizabeth rio. Le gustaba que don Ángel fuera tan morboso, la hacía sentir más puta. Así de espaldas a ellos flexionó levemente las piernas y apoyó las manos en sus rodillas, sacando cola hacia sus machos como en un poster de Marilyn Monroe. Con la nueva postura el ruedo de la faldita se le subió y afloró abajo la conchita haciendo bulto, envuelta como un presente de navidad por la tanguita blanca. Don Ángel y Pergamino no aguantaron y fueron hacia ella con desesperación, y en un segundo la tenían tomada de la cintura, del culazo, de las tetas y de las piernas. La besaban, la manoseaban, le metían dedos abajo y le gemían “puta” bien cerca del oído. A ella se le pararon los pezones en el acto, haciéndole las tetas más puntudas, y el ruedo de la falda se le subió más y le devaluó el decoro hasta la mitad de la cola. Las cuatro manos y las dos bocas sobándola y disfrutándola la ponían en un lugar que siempre le gustaba, la de objeto que a la vez se apodera del deseo. Buscó los bultos con sus manitos, necesitaba tener esas pijas entre sus dedos, tomarlas, saber que estaban ahí por ella y para ella.
—Ohhhh, síííí… Háganme lo que quieran… Todo lo que quieran… Hoy soy su puta… la más puta del pueblo…


—¿Dónde se metió mi nuera, doña Clota?
—Ya viene. Tomate otro vasito…
—No, doña Clota, le agradezco, pero no puedo más, me da vueltas todo.
—Recostate, Susana. Tirate en el sillón a ver si se te pasa…
Doña Clota recostó a Susana en un sillón y le apoyó la cabeza en un apoya brazos. El sillón era corto, así que le quedaron los pies colgando. Doña Clota le cubrió los ojos a su nueva amiga con una franela y apoyó un grabador viejo, de casete, cerca de ella. Y presionó Record.
—Y contame, Susana, entre nosotras, total no se va a enterar nadie, ¿cuántas veces lo hiciste cornudo a tu marido en todos estos años?
—¿Eh? ¿Cornudo? —Susana largó una breve risa—. Nunca. Nunca —volvió a reír—. Nunca nunca nunca. Y eso que no me faltaron pretendientes, ¿eh? Pero yo lo amaba a ese estúpido… —Susana se tomó la cabeza y a doña Clota le pareció que no era enteramente por el alcohol—. Para lo que sirve el amor…
La vecina de Elizabeth se decepcionó con un bufido.
—¿Nunca nada de nada? ¿Ni siquiera un pete?
—Siempre fiel, como corresponde. Aunque para él se ve  que no fue suficiente porque se fue con otra mucho más joven… ¡Idiota! No me supo valorar… O le resulté muy aburrida… —Se hizo un silencio. De la habitación venía un murmullo de jadeos, pero Susana no podría escucharlos en su estado—. Mi cabeza… ¿qué tenía ese vodka…?
Doña Clota maldijo su suerte y apagó el grabador.
—¿Pero no te hubiese gustado alguna vez?
—¿Para qué? Un tipo nuevo, modos nuevos, olores nuevos, y mucha presión… Para eso se hizo el matrimonio, ¿no?, para que nos dejemos de joder. No como ahora que todas las chicas se abren de piernas con el primer tipo que se les cruza. Como todas las hijas de mis amigas… como mi nuera…
—¿Tu nuera? ¡Tu nuera es un Ángel!
—¡Mi nuera es una putita! Yo lo sé. Ella lo sabe. El único que no lo sabe es mi hijo, que a esta altura seguro debe ser el cornudo del pueblo.
—Susana, no tenés ninguna prueba de eso.
—La conozco… La conozco desde que era bien chica, cuando se puso de novia con mi Pedro. Flor de putita era, se le notaba, pero mi hijo es un abombado, nunca me creyó.
—¿Qué cosa no te creyó?
—Cuando eran novios la encontré a Elizabeth en una situación comprometida… con tres o cuatro amigos del corn… de Pedro… Ahhh, se me parte la cabeza… ¿dónde está Elizabeth…?


Don Ángel la tenía tomada desde atrás. Le había subido el vestido, que dejaba al descubierto el culazo por la mitad. La tanguita fina enterrada entre los glúteos se estiraba tensa hacia un costado, tratando inútilmente de proteger aunque sea un poco de decencia, y fallando, porque el vergón rugoso y tamizado de venas del viejo penetraba la conchita joven y se hundía como una boya en las profundidades, saliendo brilloso y empapado, y volviendo a entrar hondo.
—¡Por Dios, Elizabeth! Qué bien se te siente… ¡Qué pedazo de puta que estás hecha, mi amor!
Clavaba y jadeaba, lo mismo que Elizabeth, a quien Pergamino le estaba chupando las tetotas carnosas y emputecidas. La mujer aún estaba vestida, aunque eso era discutible: el vestidito se arremangaba en el ruedo para facilitar la penetración, y arriba para dejar los pechos libres y desnudos. Estaba de rodillas sobre la cama, erguida, con don Ángel cogiéndosela de pie en el piso y Pergamino arrodillado frente a ella. Las tetotas gordas y duras estaban rojas de manoseo y chupeteo. Los pezones, durísimos. Elizabeth sentía la verga de don Ángel horadándola y generando cosquilleos, y la boca del otro sobre sus pechos, provocándole otros cosquilleos similares y distintos.
Era un coctel raro de sensaciones, se daba cuenta que aunque la estimularan igual que otras veces, y en los mismos lugares de siempre, el hecho de que fueran dos hombres a la vez lo cambiaba todo. No lo multiplicaba por dos, sino por diez. Y era distinto, era morboso, no una simple excitación sexual, había algo más. Que ninguno de esos dos hombres fuera su marido, le sumaba. Que los dos viejos la estuvieran por usar como a una puta, le sumaba. Que la madre del cornudo estuviera en la sala living, alcoholizada casi hasta la inconsciencia, le sumaba.
Mientras don Ángel ya la bombeaba hasta los huevos, ella se corrió más el corpiño para facilitar la chupada y bajó sus manos y tomó la verga de Pergamino. Jadeó, Elizabeth, con ese contacto extra. Le fascinaba agarrar una pija grande y dura. Eran tan distintas a la de su marido que cada vez que las rodeaba con sus manos se estremecía. Apretaba la pija con deseo, recorriéndolo con lentitud adelante y atrás en una paja corta, de tres movimientos. Era como agarrar una goma dura y caliente, de piel delicada y humedad pegajosa. Pergamino abandonó su posición de rodillas y se puso de pie. La pija le quedó a la altura del rostro de Elizabeth, y ella no pudo —no quiso— hacer otra cosa que chupar.
—Si me viera el cuerno… —dijo ella, sonriente de morbo, y se llevó el vergón a la boca.
Pergamino sintió el calor y la humedad de la boca en todo el glande, y tomó a Elizabeth de los cabellos.
—Pedazo de puta…


—Me voy a casa, doña Clota. ¿Dónde está mi nuera? Le voy a decir que volvamos…
—Está en el baño, Susana. Si querés te acompaño yo, así ella disfruta tranquila.
Susana se incorporó, le giraba la casa en la cabeza, y no entendía bien lo que decía doña Clota, en parte porque tampoco escuchaba bien. Sentía como un bombo en la cabeza, un bombo grave que le retumbaba hasta la boca del estómago. Casi se cae para adelante. Si no la hubiera atajado doña Clota se hubiera dado la cabeza contra la mesita ratona.
—Susana, no podés irte así, tomaste demasiado.
—Necesito acostarme… Dejame unos minutos en tu cama… —Doña Clota la ayudó a incorporarse y recuperar la vertical—. ¿Quiénes eran esos hombres que entraron antes? ¿Tu marido?
—¿Qué hombres?
—Me pareció ver a dos tipos grandes, y a Elizabeth la miraron con ganas…
—Vos estás obsesionada con tu nuera, como si ella fuera una puta… No sabés la suerte que tiene el Pedro, vos ves cosas que no existen.
—Puede ser, ese cigarrillo me hizo muy mal…
Entraron a la habitación y el olor a pija, sudor y garche las volteó. Susana no se dio cuenta, estaba demasiado llena de vodka y entro con los ojos prácticamente cerrados. Don Ángel detuvo el bombeo sobre Elizabeth y se sobresaltó. Elizabeth se puso blanca. Pero todos se dieron cuenta que la suegra estaba más discapacitada que un ciego sordo. Se fueron bajando de la cama en silencio cuando advirtieron que la vieja se iba a acostar. Elizabeth se terminó de quitar el corpiño, que le molestaba, y el escote cayó hasta la pancita, dejándola en tetas desnudas ante el mundo.
Acostaron a Susana en la cama, doña Clota acomodándole una almohada y su nuera ayudando,  con el vestido tan vejado que prácticamente estaba en bombacha y tetas. Y tacos aguja. Doña Clota fue al baño.
—¿Se siente bien, Susana? —preguntó Elizabeth.
Susana se apretó los ojos con fuerza. Se sentía peor que en el infierno.
—¿Elizabeth, sos vos? Me da vueltas todo…
Doña Clota regresó y le tapó la cara con una toalla húmeda, y Elizabeth tomó a don Ángel de la verga y comenzó a llevárselo.
—Bueno, me voy a casa a hacer unas cositas, cualqui…
—¡No, hija, no! —cortó doña Clota— Quedate acá que Susana te necesita.
—Sí, Elizabeth, quédate conmigo, me siento mal…
Elizabeth fulminó a doña Clota con la mirada, la vieja sonrió y señalo el piso, al otro lado de la cama donde se recostaba Susana. Pergamino entendió de inmediato y se arrojó al suelo, boca arriba.
—Susana, quédate tranquila que Elizabeth y yo vamos a hacerte compañía hasta que venga el Pedro.
—Ay, Pedrito… —se alarmó Susana, y se quitó por un segundo la toalla de la cabeza. Miró al otro lado de la cama, ella estaba sobre la izquierda y su nuera de pie, sobre la derecha, al otro lado de la cama. Le pareció verla en tetas, pero eso no tenía sentido. La luz le lastimó los ojos y debió cerrarlos enseguida. No supo si también había un hombre desnudo en la habitación, el cigarrillo le estaba jugando feo—. Por favor, Eli, no le cuentes de mi estado a Pedro…
Elizabeth aprovechó que su suegra volvía a tener los ojos cubiertos y se subió el ruedo del vestido —que se había acomodado—, se quitó la tanga, puso un pie a cada lado de Pergamino y, bien despacio y suavemente, se fue agachando hasta sentarse sobre la verga del viejo.
—Ahhhhh… —gimió.
—¿Elizabeth? —se alarmó Susana.
—Estoy bien, suegrita. Pasa que yo también tomé mucho… Ohhhh… ssssííííí…
Elizabeth comenzó a enterrarse de a poco y muy suave el vergón de Pergamino. Apoyada con sus manos en el torso del viejo y bajaba despacio, lento, disfrutando de cada centímetro de verga que se enterraba. Susana se corrió un poco la toalla y vio a su nuera del torso para arriba, moviéndose. No se veía más porque la cama le cubría abajo, y el sube y baja de la chica la mareaba.
—¿Se podrá bajar la luz…?
Doña Clota apagó las luces y la habitación solo se iluminó con el sol a cuenta gotas que entraba por la persiana. La impunidad estaba servida. Fue a sentarse junto a Susana, en la cama, justo en medio de la suegra y la cogida.
—Tu nuera es un sol —le dijo en tono confidente—. No sabés cómo se abre con los vecinos de Ensanche para sociabilizar y que el Pedro no quede como un porteño amargo…
—¡¡Ahhhh…!! —gimió Elizabeth.
Doña Clota le hizo una seña a don Ángel, que miraba la cogida sobándose la garcha. Don Ángel se acercó, pija en mano. Doña Clota le retiró a Susana la tela del rostro, dejándole ocultos solo los ojos. Don Ángel extendió su verga gorda y dura y la apoyó sobre la cabeza de Susana, recorriéndole el rostro.
—Te hago masaje facial —dijo doña Clota, que sacó de entre la tetas una camarita chiquita de las de antes, de rollo, y comenzó a disparar fotos a la cara cruzada de verga. Incluso una en la que la cabecita gorda y roja se apoyaba sobre los labios.
—¡¡¡Ahhhh…!! —otra vez Elizabeth, disfrutando de la verga de Pergamino.
—¿Qué fue eso? ¿Estás bien, Elizabeth?
—Sí, Susana, pasa que me quiero mandar el vergón hasta la base pero es muy ancho, no puedo…
—¿Qué?
—Que yo también tomé mucho y estoy como usted… Uhhhh… síííí…
Don Ángel fue hacia Elizabeth.
—Te entiendo… A mí todo me da vueltas…
—A mí también me dan vuelta todos, Susana… ¡¡Ahhhhh…!!
—¿Elizabeth?
—¡¡¡Ahhhhh…!! ¡¡Por Diosssss…!!! Venga, don Ángel, éntreme por atrás, háganme mierda los dos juntos…
Susana le preguntó a doña Clota, siempre a su lado.
—¿Qué dice? ¿Qué ángel?
—El ángel de ella. Cuando se siente mal siempre le pide a su ángel.
Don Ángel ya estaba detrás de Elizabeth, con el vergón en la mano. El viejo se arrodilló detrás de ella, entre las piernas de su compadre Pergamino, que seguía boca arriba bombeando a la mujer. La tomó de la cintura y de las nalgas, acompañando la cabalgada de la ella sobre la verga del otro.
—Sí… Así, así… Ohhhh… Éntreme, don Ángel… ¡Éntreme hasta los huevos!
—¿…?
—Es tu nuera queriendo que el ángel le entre… quiere sentirse llena.
Don Ángel se embadurnó la pija con su saliva y puerteó el ano. Como se movía mucho la tuvo que frenar, y luego empujar. El glande hizo presión y se afirmó. Y enseguida empujó más y el cuerito ya muy usado de la mujer de Pedro cedió y entró media cabeza. Y más.
—¡¡¡Ahhhhhhh…!!! —gimió Elizabeth. La verga entró como con dificultad.
—¿Qué te pasa, Elizabeth?
—Le está entrando el Ángel, Susana.
La cabezota perforó y la pija entró un poco más.
—¡¡Ahhhhhh…!! ¡Sí! ¡Sí!
Don Ángel tenía tomada a Elizabeth de cada nalga, y desde ahí se afirmaba para empujar y clavar su verga más y más adentro.
—Ya le entró hasta la mitad, Susana.
Un gemido de incipiente dolor frenó la penetración.
—Pare, don Ángel… ¡Me está partiendo!
—Falta media verga, putón. ¡Hasta los huevos no paro!
—¿Qué fue eso, hay un hombre en la habitación?
—No, Susana, dejá de alucinar cosas. ¡Mirá si va a haber un solo hombre, por Dios!
Elizabeth giró y encaró a  don Ángel.
—Espere que se mueva su compadre y los dos me la van metiendo.
No era la primera vez que don Ángel el llenaba el culo de verga. Elizabeth retomó la cabalgada sobre Pergamino pero esta vez muy lentamente, sin que se saliera la pija de don Ángel. Más que nada era para que el que le rompía el culo se pudiera acoplar. Como si lo hubieran hecho cientos de veces, en cuestión de segundos Don Ángel le fue metiendo pija más hondo con cada clavada, hasta que las dos entraban y salían con buena sincronización.
—Ah, por Dios… —jadeó Elizabeth—. ¡Estoy llena de verga! ¡Estoy llena de verga!
Los dos viejos hijos de puta parecían una sola maquina aceitada. Cuando uno enterraba pija, el otro se retiraba.
—¿Q-qué dice mi nuera, doña Clota?
—¡Que se siente llena de verga, Susana!
—¡¡¿¿Quééé??!!
—Que se siente llena de vergüenza.
—¡¡¡Oh, por Dios qué par de pijas!!! ¡¡Ohhhh ssssíííí…!
—¡No te podés tragar dos vergas así de fácil, pedazo de puta!
Se la estuvieron enfiestando un buen largo rato. En un momento Susana se quitó la toalla mojada y trató de ver más allá de doña Clota, que siempre estaba en el medio. Se sentía muy mal como para darse cuenta de lo que pasaba. Pero le pareció ver a su nuera con el vestidito blanco a lunares cabalgar sobre algo, con un tipo detrás. Se dijo que era por el cigarrillo. Su nuera era una putita, seguía pensando lo mismo, pero no tan loca y estúpida como para cogerse a uno o dos tipos ahí delante de ella. En un momento se quedó dormida, con el sonido de la cogida de fondo.
Pergamino acabó adentro de la mujer de Pedro, estrujándole las tetas. Le acabó mientras todavía Susana estaba despierta, y como tenía a Elizabeth delante suyo, gozando, transpirada, con ojos entrecerrados, con más cara de puta que nunca y el compadre bombeándole el culo, la verga no se le bajó y se la siguió cogiendo. Elizabeth acabó tres veces, la última mientras don Ángel le inundaba el culo de leche.
—¡Ahí te va, putón! ¡¡Ahhhhhhh!! ¡Para el Pedro! ¡Pedimela para el Pedro! ¡Ahhhhhhh…!!!
—¡Sí, don Ángel! ¡Leche fresca para el cornudo! ¡¡Lléneme para el cornudo!
Fue porque el viejo se le deslechó adentro que Elizabeth se vino, por puro morbo.
—¡¡Ahhhh…! ¡Te estoy partiendo el culo, hija de puta!! ¡¡Ahhhhhhh…!!
Pergamino tenía un segundo polvo atragantado, que doña Clota le hizo regar sobre el rostro de Susana, cuando dormía la borrachera. El semen le salpicó todo el rostro y la otra vieja zorra y ladina le sacó más fotos.


Más tarde, Elizabeth llegó a su casa justo un rato antes que llegara Pedro. Había ido a buscar a Damiancito al colegio, así recién enfiestada como venía, y midió la reacción de Juan, el chofer del colectivo, y los padres del colegio, con su vestidito sexy y su cara de recién cogida. Juan se dio cuenta, ella lo supo, y por un instante se convirtieron en cómplices. En casa, Elizabeth apenas si tuvo tiempo de cambiarse y perfumarse un poco. No se bañó, quería refregarle la corneada a su marido. Sintió la leche tibia en sus entrañas, en su culo, cuando lo besó.
Estaban ellos tres solos: Dami, Elizabeth y Pedro, sin Susana.
—¿Y mamá?
—Tu madre se quedó en lo de doña Clota. Se hicieron buenas amigas, no te extrañe que pase muchas noches allá.
—¿¡Se hicieron amigas!? —se sorprendió Pedro, pues si había alguien opuesto a la vecina era su madre.
—Se hicieron tan amigas que doña Clota le hizo masaje facial y le pasó una crema por la cara… y hasta le sacó unas cuantas fotos. Ah, y yo mañana tengo que ir a vender unas rifas del cole de Damiancito a Las Cuadrillas… ahí está lleno de tipos, si me pongo el vestidito a lunares me van a dar unos cuantos… para la rifa…
A Pedro le sonó raro el comentario, como con un dejo de ironía. Por lo de Buenos Aires, por lo de Damiancito, su paranoia sobre Elizabeth seguía latente, y hacía que pensara todo el tiempo que cualquiera se la podía coger. Menos mal que estaba su madre esos días en su casa, para acompañarla y echarle un ojo. Podía dormir tranquilo.

Fin.

** SE PUEDE COMENTAR. NO LE COBRAMOS NADA. =)



13 comentarios:

  1. Un gusto ver continuaciones de cualquiera de tus relatos, lo leemos mañana y lo comentamos.
    Federico y LA QUE MANDA.

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  2. Hola Rebelde, me encantaria que pergamino le hiciera un hijo a Elizabeth, saludos desde Colombia

    me necantas todas tus series, eres el mejor !!!

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  3. Que maestro Rebelde que maestro!!!
    Que hermosa puta!!! Como le gustan las pijas gordas y la lechita para el cuerno... y no aguanta ni un dia sin pija!!!! Camino de ida...
    Felicitacionnes!!!

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  4. Nos gustó el “doble sentido” de doña Clota
    Y que la suegra se confundía ¿si había oído bien?
    Y tus explicaciones humillantes:
    1.- y el cuerito ya muy usado de la mujer de Pedro cedió.
    jaja, “son geniales!”
    gracias por estos fines de semana tan divertidos.

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  5. Pare leer , releer y no parar jamas, genio de autor es mi preferido .Ale

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  6. Cada vez mas morboso!!@

    VM

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  7. Me parece que la señora Susana...de esto no va a salir precisamente...SANA

    carlosnava57@hotmail.com

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  8. FEDERICO YO:
    Trato de publicar el viernes para ustedes y otros lectores (parejas también) que tienen más tiempo los fines de semana =)

    LILIANA SANCHEZ MELO:
    Hola, Lili! Tomada la idea para ver si se puede hacer más adelante. Solo una pregunta, pura curiosidad: ¿por qué Pergamino y no otro?

    PUI:
    tal cual, pareciera que le gusta más que cuando estaba en buenos aires, jajaj. Y sí, la idea del relato era mostrar que ella no se puede aguantar ni un día sin verdadera pija! =P

    ALE / VM:
    muchas gracias, chicos! y esperen a leer la próxima aventura de Elizabeth, está todavía mucho mejor y más morbosa, jejeje (la estoy tipeando)

    CARLOS NAVA:
    jajaj vos siempre apostando a más!! pasa que si todas y cada una de las mujeres de mis relatos terminan ensartadas por machazos, las emparejo a todas! Desgraciadamente debo decirte que Susana (al menos hasta ahora) no volverá a aparecer, mucho menos enfiestarse a nadie. Es una señora decente, che! ^^

    A TODOS: me banearon la cuenta de Facebook, pero la página (de Facebook) sigue operando con normalidad (de todos modos esa página solo publica alertas sobre los nuevos relatos, y eventualmente publicará los relatos viejos que se leen desde siempre en este blog)

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  9. Como siempre rebelde, un trabajo excepcional. Como de una historia que ya concluyó sacas otro trama, me esta gustando mucho este nuevo rebelde, como ya te dije, uniendo historias y ocurriendo todo en un mismo plano

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  10. Estupendo... Morbo a tope con la garchada a unos centímetros de la "apretada" de la suegra... Ahora la pregunta obligada: Cual de los machos hara que se "suelte" la suegra?... O seran varios?

    Saludos y un abrazo desde México.

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  11. es un gran relato con mucho morbo, esperamos la cntinuacion

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  12. Excelente relato, muy morboso, sin desperdicio. Me gusta como la vecina ayuda a hacerla cada vez mas puta a Elizabeth y como le metieron verga frente a su suegra.mmm IMPRESIONNTE. pOR FAVOR SIGAN LAS HISTORIA!!!

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Se publica el 1 de Octubre

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Las cosas se ponen cada vez peor para la Turca y el Poroto... Bueno, sólo para el Poroto.