domingo, 3 de abril de 2016

El Pueblo Mínimo: Elizabeth 3:
El Camino de Elizabeth

La camioneta con el logo del astillero salió del camino de tierra y punteó en la ruta como yendo para Ensanche. Ruta mala, de esas provinciales, llenas de agujeros y asfalto escalpado como piel de víbora. Adentro iban Pedro y el Baturro, un ropero moreno y aindiado de dos metros de alto, y ancho como una heladera. Era de esos tipos tan grandotes que perdían la cintura, el cogote, todo, asemejándose a un muñequito Lego. Era tranquilo y reservado, con carácter firme, el necesario para ser un buen capataz. No era el jefe de Pedro, porque trabajaban en distintas secciones, pero en este encargo que los había sacado del astillero, el que entendía del asunto que fueron a tratar era Baturro, así que Pedro, sin realmente serlo, se puso en la posición de subordinado, en este caso, de acompañante en el auto. Por conocimientos y porque el moreno inspiraba respeto con sus dos metros de masa muscular.

Iban no muy fuerte por la ruta, pues esquivaban pozos como chají esquiva al coyote. Y callados. Siempre callados. A lo lejos vieron el colectivo tirado sobre un costado, pegado a la cuneta. Rojo, viejo, corroído.
—¿Qué carajo…?
—Debe ser el Juan —aventuró Baturro. Los choferes de la única línea de autobuses que unía a Ensanche con Alce Viejo (el pueblo más cercano), eran solo dos.
Se acercaban metro a metro. Era el colectivo de Juan, en efecto, tenía una visera metálica, como en los años 60, y estaba detenido sobre la banquina.
—¿Habrá pinchado una goma?
Baturro se rio por primera vez en el día.
—Habrá pinchado, pero no una goma —Seguían acercándose, estarían a treinta metros, y entonces pudieron ver que, al otro lado del colectivo, había alguien—. Es el Juan, siempre que puede hace una paradita rápida en el camino.
—¿Q-qué quiere decir…?
—Si se fueron bajando todos los pasajeros, si solo queda arriba alguna mujer que le guste, alguna con la que haya hablado… Usted me entiende…
—¿¡Se las coge!?
—Claro. Casi todas mujeres casadas de Alce Viejo. Están aburridas y muchas veces quedan solos en el viaje y se ponen a hablar. Y una cosa lleva a la otra y al tercer o cuarto encuentro se las baja.
Pedro se quedó mudo. Un poco por lo que le contaba su compañero, pero más que nada por la naturalidad con que lo hacía. Baturro daba por sentado que era normal que las casadas cogieran con desconocidos al costado de la ruta. Se acercaron más y entonces los dos hombres vieron claramente que sobre el otro lado del colectivo, el lado que no daba a la ruta, un hombre estaba matraqueándose a una mujer. Se notó por las sombras y por los pies. Pedro vio —y esa imagen se le quedaría grabada para siempre— una de las piernas abiertas de una mujer, evidentemente apoyada sobre el micro, y las piernas del tal Juan en el medio, de frente a ella, con movimientos claros de penetración y bombeo.
—Siempre se coge a las más putitas, ese guacho…
Para Pedro fue la imagen más sensual que hubiese visto jamás. Hasta que vio lo otro. El viento habría barrido la ropa porque en el guardabarros trasero quedó enganchado un vestidito liviano y naranja, casi ocre, con flores grandes estampadas, igual —o muy parecido— a un vestidito que solía usar Elizabeth para andar por Ensanche o ir al pueblo a buscar a Damiancito.
El auto siguió de largo y Pedro giró la cabeza, con la vista clavada en el vestido.
—¿Pudiste verla…? ¿Estaba buena…? —Baturro.
—N-no, solo… —Pedro tuvo un ramalazo de aquella tarde en Buenos Aires, cuando él encarara a su mujer con las fotos de ella recibiendo tipos en el departamento, y las posteriores confesiones de todos los cuernos que le había puesto. Se estremeció, aunque no hacía frío—. ¿Estás seguro que se las coge? No creo que una mujer casada…
—Son las peores… Vamos, cualquiera lo sabe. Y más en estos pueblitos donde no hay nada que hacer.
—S-sí… cualquiera lo sabe, claro…
Pedro miró la hora. Era la hora en que Elizabeth iba a buscar a Damiancito. Una desazón más grande que el horizonte le tomó el pecho. ¿Otra vez lo estaban haciendo cornudo? No podía ser, lo habían hablado, ella había entendido. ¿No era suficiente tener un hijo producto de su época de infidelidad a mansalva? Seguramente esa que se cogían no era ella. El vestidito sería de otra. Un vestido parecido. Cuando llegara del trabajo ella lo recibiría con una pollera de jean o un short y una remera. Entonces todo aquello no sería más que un gran malentendido. Sí, esa tarde ella iba a estar vestida de otra manera, esa no era su mujer.
—¡Frená! —le pidió a Baturro.
—¿Qué?
—Frená, me quiero bajar acá.
—Estás loco. Estamos en el medio del campo.
El auto seguía avanzando y el colectivo rojo se alejaba más y más. La expresión de Pedro hizo que Baturro se detuviera.
—Te pegó el chupi del almuerzo. ¿Qué digo en el astillero?
Pedro bajó del auto.
—Deciles lo que quieras —gritó Pedro, y comenzó a caminar hacia atrás, ya dándole la espalda. Baturro puso primera y siguió camino, esquivando pozos otra vez.
Pedro avanzó primero con paso firme pero la ansiedad lo llevó a correr. El vestido, el horario, lo puta que había que ser para dejarse coger al costado de la ruta por un colectivero... Todo coincidía con su mujer. Y sin embargo, en el fondo de su alma guardaba la esperanza de equivocarse. De que sea otra la mujer. De que sea otro el cornudo. De que sea otra vida y no la suya la que fuera a estrellarse. Porque la suya ya había sido estrellada en Buenos Aires, con el descubrimiento de la emputecida vida de su mujer. Otra vez no iba a soportarlo.
Cuando estaba a veinte metros del colectivo escuchó los jadeos y voces, traídos por la brisa.
—Ahhh… Ahhh… Más fuerte… Dame más… así… Ahhh…
—¡Cómo te gusta la pija, putita! Ahhh…
—¡Más! ¡Más adentro, más adentro! ¡Por favor, mándamela más adentro que ya estoy…!
—¡Más adentro no puedo, putón! Vos necesitás más pija, la próxima voy a tener que llamar a mi primo…
La mujer se revolucionó con la mención del tercero.
—¡Síííí…! ¡Con tu primito sí! ¡Me gusta tu primito!
—¡Te vamos a llenar de leche, pedazo de puta, para que se le lleves calentita al cornudo!
—¡Ahhhh…! ¡Sí, sí, sí…! Ahhhhh… ¡Para el cuerno! ¡¡¡Ahhhhhh por Diossss…!!! ¡¡¡Ahhhhhhhhhhhh…!!
Pedro reconoció a su mujer no por el orgasmo, porque no le conocía ningún orgasmo, sino por la voz. La escuchó jadear, gemir, y gritarle a la inmensidad del campo toda su explosión. De fondo se escuchaba el bombeo violento del que se la estaba cogiendo. El fap fap de la verga entrando y la pelvis chocando contra la cola, y la cabeza de la víctima golpeando suavemente sobre la chapa. Cuando Pedro se asomó descubrió una imagen que nunca hubiera imaginado. Elizabeth, su mujer, estaba suspendida en el aire por un joven desconocido y de buen cuerpo, con el torso desnudo. Se la estaban cogiendo en el aire, sostenida con los brazos de él y apoyada por la espalda contra el costado del colectivo. Ni ella ni el desconocido notaron la presencia de Pedro: Elizabeth estaba teniendo un orgasmo —un orgasmo de verdad—, y el chofer estaba demasiado concentrado en dárselo. Pedro encontró el vestido de su mujer aun enganchado en el guardabarros y lo tomó con delicadeza, apretándolo en un puño. Dio otro paso. La imagen lo impactaba, pero más lo impactaban los gemidos y gritos, y el rostro emputecido de ella, y el sudor, y esa abstracción tan absoluta producto de un goce igual de absoluto.
Elizabeth llevaba el corpiño corrido, con un pecho afuera, rojo y parado, y su tanguita colgando de un tobillo. Seguía bombeada por el muchacho, que la clavaba contra el colectivo con violencia animal.
Recién luego de acabar, cuando Elizabeth abrió los ojos, lo vio a Pedro y se espantó.
—¡Ay, carajo!
El desconocido también se asustó y detuvo el bombeo. Por un segundo todos quedaron congelados como una ilustración de Norman Rockwell, con la perversión explícita en vez de implícita. La primera en hablar fue la mujer.
—Mi amor… no es lo que… parece…
Estaba ensartada en el aire, con una verga adentro tocándole un pulmón, y sus piernas abrazando a su desconocido desnudo. Pedro estaba demasiado abrumado por la imagen y la sorpresa como para discutir sutilezas. Estuvo a punto de preguntar por qué. Y supo que no tenía sentido, que la razón sería la misma que la de Buenos Aires, es decir, ninguna razón. Solo pensó por qué a él, y qué iba a hacer con ella y con esa situación. Quedaron así, en silencio y quietos los tres, como medio minuto.
—Te juro que es la primera vez, Pedro… nunca hago esto, no sé qué me pasó…
Pedro achinó los ojos como para callarla.
—No te creo... No me importa…
Entonces al muchacho se le aflojaron o cansaron un poco las piernas y para recomponerse empujó a Elizabeth hacia arriba, con su pélvis.
—¡Ahhh!
—¡Elizabeth!
—Ay, disculpame, él es Juan, el chofer. Él es Pedro, mi marido.
Los dos hombres se miraron en otro segundo de silencio.
—Perdonemé —dijo entonces Juan—, tengo que moverme… si no me muevo se me va a caer su mujer… Además, ella acabó pero yo no…
Pedro abrió grande los ojos cuando el chofer recomenzó el bombeo con lentitud.
—¡Elizabeth, no podés hacer esto! ¡Debería darte vergüenza!
Juan la sostenía de los muslos y las nalgas, y acomodó su rostro entre los pechos de la mujer para mejorar su movimiento y penetración.
—¡Claro que me da vergüenza! Pero es que de verdad no acabó…
Juan comenzó a acelerar el bombeo de a poco. Pedro lo tomó de un brazo.
—¡Deje de cogerse a mi esposa, es una mujer casada!
El chofer se quitó la mano.
—¡Ahora no, cuerno! —respondió, y siguió bombeando dentro de Elizabeth.
Pedro se quedó sin reacción. El tipo ese, casi desnudo, le estaba cogiendo a su mujer en sus narices y a nadie parecía importarle nada.
—Esto no queda acá, Elizabeth. Cuando lleguemos a casa vamos a hablar, no creo que este matrimonio siga así…
—No digas eso, Pedro… Ahhh… Pensá en Damiancito… Ahhh… No podemos… Ahhh… No podemos hacerle eso a nuestro hijo… Ahhhhh… por  Diossssss cómo te la siento…
—”nuestro hijo”… ¡Hija de puta, es el hijo de mi amigo!
—No seas cretino, es tuyo… Ahhh… Lo que importa es el amor… Ahhh… no con cuántos te hice cornudo para quedar embarazada… Uhhhhhh…
—¡Elizabeth!
—Solo digo que pienses… Ahhh… en tu hijo y en tu familia antes de… Ahhh… antes de dejar a una esposa y una madre como yo… ¡¡¡Ahhhh la puta madre, qué buena verga que tenés…!!!
Era cierto lo de la buena verga. Pedro no pudo evitar mirar los movimientos  del chofer clavándose a su mujer en el aire, y cómo la pija dura y gruesa como un cortafierro se hundía dentro de ella hasta los huevos.
—¿Y Dami? ¡Tenías que ir a buscarlo!
—Sí, sí, sí… Ahhh… Ahora voy… Ahhh… Ahora voy… Ahhh…
Pedro miró su reloj.
—¡Ya está casi saliendo, dejá de coger!
—Ahora voy… Ahhh… Ahora voy… Ahhh… Sí… sí… seguí, Juancito… Ahhh… seguí, por favor…
—¡Elizabeth!
Entonces se escuchó a un auto llegar y detenerse. Y la puerta. Y los pazos. Y la voz de Baturro.
—Sabía que te viniste a espiar, Pedrito.
Apareció por un costado, igual que un rato antes apareciera él, Pedro, solo que sin cara de cornudo y en cambio con una sonrisa llena de picardía. Fue una foto extraña: Juan seguía cogiéndose a su mujer contra el colectivo con latigazos cortos y profundos que le arrancaban a ella gemiditos, y a su vez ella lo tenía abrazado del cuello y de la cintura. Elizabeth abrió los ojos, entre bombeo y bombeo, miró al grandote y suspiró con anhelo.
—¡Eli, dejá de comportarte como una puta y vamos a buscar a Damiancito!
Juan seguía dándole parejo. La cabeza de la mujer se sacudía con cada estocada, y gemía.
—Ah, cierto… Damiancito… Ahhh… No puedo… Ahhh… no puedo, amor… Ahhh… Juan todavía… Ahhh… todavía no acabó… Ahhh…
Baturro se acercó despacio, absorto por completo.
—¿Esta señora es… es tu mujer…?
A Pedro lo humillaba que lo vieran como un cornudo, pero más le pesaba que de fondo su mujer no parara de jadear, y su cabeza no dejara de golpear el chapón del colectivo.
—¿”Señora”? —se enojó Pedro, para ser menos cornudo—. ¿Te parece que esto es una señora?
Entonces Juan paró de bombear.
—No puedo acabar si tengo al cuerno cotorreándome al lado, Eli. ¡Así no se puede!
Baturro dio un paso atrás, como no queriendo meterse en asuntos que no eran suyos. Pedro se indignó.
—¡Mi hijo sale del colegio en cinco minutos y tu preocupación es que no podés acabar adentro de mi esposa? ¿Me están jodiendo?
Nadie había dicho “adentro”. Pedro se maldijo.
—Andá vos, mi amor… —sugirió Elizabeth, como si hablara de ir a comprar el diario. Siempre clavada contra el colectivo—. Vos podés retirarlo, en los papeles del colegio figurás como padre —¿Había una amenaza velada en esa frase? Como nadie dijo nada, Elizabeth agregó:— O dale espacio a Juan, andá a dar una vuelta, me acaba, y en cinco minutos vamos.
Muchas veces se había preguntado cómo se la habrían cogido a su mujer todos aquellos tipos en Buenos Aires. Y qué se sentiría descubrirla.
—No tengo forma de ir a buscar a Damiancito. Debe ser una hora a pie nomás hasta el pueblo.
—Andate en mi auto —tiró Baturro, con una mueca de simpleza tan de hombre de campo que por un momento Pedro sintió menos humillación por su presencia.
—¿Me llevarías?
—¡No, no! ¡Yo me quedo a mirar!
—¿Estás loco? ¡Es mi mujer!
—Si a la señorita no le molesta, claro…
—¡Es señora! —remarcó Pedro.
—No me lo presentaste al señor…—dijo Elizabeth, que en ese momento recibió de nuevo el primer pijazo de un nuevo bombeo—. Ahhhh… ¿Es compañero tuyo del trabajo…?
Pedro no respondió. Miró a su mujer con odio y luego su reloj.
—Dame las llaves —pidió a Baturro—. Alguien tiene que ir a buscar a Damiancito, él no tiene la culpa de lo puta que es su madre.
—¡O de lo cornudo que es su padre! —murmuró Elizabeth al oído de Juan, que seguía bombeando, empujando y sacudiéndola contra el colectivo.
—Esto no queda acá, Eli —dijo Pedro, alejándose—. No voy a ser el cornudo del pueblo… En casa vamos a hablar —De pronto se dio media vuelta antes de entrar al auto y la señaló—. Y de seguro te lo vas a coger también a mi amigo. ¡Sos tan puta que vas a aprovechar para bajártelo a él también!
Baturro levantó las manos en señal de inocencia.
—No, Pedro, yo solo quiero ver cómo te la cogen.
Y Elizabeth:
—No seas manipulador, ya te dije que ésta es la primera vez.
—¡Cogétela, Baturro! Cogétela y después contame. Total… yo soy el pelotudo que va a buscar a Damiancito…
—¡No, Pedro, te juro que no te la voy a coger!
Y en ese momento, con Pedro subido al auto y dándole marcha al motor, ya arrancando para ir al pueblo, Juan comenzó a acabarle adentro a ese putón que se cogía todas las semanas en la ruta, llamado Elizabeth.
—Te acabo, Eli, te lleno de leche…
—Sí, sí, Juan, ¡qué lindo que sos, qué lindo! ¡Llename de leche!
—Tomá, hermosa, todita adentro para el cornudo… ¡Ahhhhhhhhhhhhhh…!!!
—Te siento, Juan… Te siento la leche, bebé… ¡Ahhhh…!
Baturro ni se enteró que ya su auto y Pedro estaban lejos. Ni que se le había secado la boca por mirar el cilindro de carne de Juan entrar y salir de entre las piernas de ella. El pijón ancho, embadurnado de flujos, latigueando semen que mandaba adentro, bien adentro de la mujer de su compañero.
Para cuando Juan terminó de acabarle a esa hermosura, Baturro se descubrió con una erección formidable, que le inflaba los pantalones. No fue el único en darse cuenta. Elizabeth lo miraba ahí sin decir nada.
—Señora… —comenzó Baturro apenas Elizabeth se desenganchó de la verga de Juan—. No lo tome a mal ni crea que soy un desfachatado, pero siendo usted una mujer tan hermosa y estando su marido lejos y alejándose, me preguntaba si usted… en fin… no le gustaría…
Elizabeth se subió la tanguita con una sonrisa, mientras el ropero humano hablaba. Se la terminó de calzar y acomodar, y quedó  de pie en bombacha y corpiña entre los dos hombres.
—Baturro, le prometí a mi marido que no lo iba a hacer más cornudo…
—Pero es que ya lo es… Ya hoy es cornudo, eso no va a cambiar por un poquito más o un poquito menos.
Quizá porque Elizabeth sonrió al pasar delante de él, Baturro comenzó a bajarse el cierre del Jean. Elizabeth se trajo el vestido que su marido había tirado sobre el capot y encontró al indio con un vergón de novela asomado al aire por entre su bragueta.
—¡Baturro! —hizo como se ofendió ella.
—Mire cómo me puso, señora. Yo tampoco lo quiero hacer cornudo a Pedro, es mi compañero, ¿pero qué hago ahora con esto?
Elizabeth comenzó a colocarse el vestido, por lo que en un momento tuvo que agacharse un poco y su rostro quedó muy cerca de la verga gorda como una morcilla. No podía quitar la vista de “eso”, era del tamaño de un aerosol para matar arañas y bichos.
—Si no le hubiera prometido nada a Pedro quizá te hubiera dejado, pero tenemos que respetarlo… —y dijo suave, casi para ella misma:— Por Dios, qué pedazo de pija…
—Pero señora…
—No, Baturro, se lo prometí a mi marido… Y esta vez voy a respetarlo.


Por más que en la ruta pisó el acelerador, Pedro no llegó a tiempo. Por fortuna tampoco tan tarde, solo unos minutos. Se encontró con dos sorpresas, ninguna que le gustara.
Damiancito estaba con dos chicos más, dos compañeritos de aula. Y los compañeritos estaban con sus padres, dos tipos jóvenes y bien empintados, buenos mozos, casi que parecían de ciudad. Los tipos se sorprendieron cuando apareció él, y en la breve charla de presentación y despedida se notó que ellos esperaban a Elizabeth, que Elizabeth cada dos por tres llegaba tarde y ellos le hacían el aguante a Damiancito, y que consideraban que Elizabeth era una gran madre, una muy buena mujer, muy hermosa, por cierto, y que qué bien lucía ahora que había perdido unos kilos y la ropa le sentaba mejor. Pedro llegó a la conclusión que esos dos hijos de puta se la estaban cogiendo, o se la habían cogido o se la estaban por coger. Rumió su desconsuelo y antes de llevarse a Damiancito fue a firmar el retiro en Secretaría. Lo atendió un muchacho mestizo de tez café, en remera sin mangas y pantalón deportivo muy apretado. El chico era puro músculos y fibra, bajito y de cabello rapado y sonrisa compradora.
—¡Ah, usted es el marido de Eli! —lo saludó con entusiasmo y un fuerte apretón de manos. Pedro pensó que hubiera sido lógico y más práctico referirse a él como “el papá de Dami”—. Un gusto conocerlo, Eli siempre lo menciona, usted es muy popular entre los padres del colegio.
Pedro no supo si alegrarse o preocuparse. Al menos su hijo era muy confianzudo con el muchacho, y mientras firmaba la planilla, el muchacho y Damiancito jugaban de manos y se reían.
—¿Y usted es…?
—Ah, perdón. Soy Nico, el profesor de gimnasia.
Fue como un golpe al estómago. Según Elizabeth, el profesor de gimnasia era un cincuentón gordo, mediocre y feo.
—¿Es… es un nuevo profesor?
El chico se sorprendió.
—No, hace cuatro años que trabajo acá.
Pedro empalideció. Dos años antes, cuando Damiancito tuvo su primer campamento y el colegio necesitaba un par de padres para acompañar y ayudar en la experiencia, Elizabeth no le había dicho que el profe de gimnasia era este chico joven y atlético.
—¿Usted es el que organiza los campamentos para los chicos…? ¿Al que fue mi esposa de acompañante?
—Claro —respondió el profe, despreocupado—. Ella y otros padres más, por supuesto.
—Querrá decir madres.
—Sí… Bueno, padres más que nada. A las madres no les gusta la suciedad, los bichos, la arena…
—Es que… pensé que usted era más viejo…
—Ah, jajaja, Sí, todos lo piensan. Parezco de 20, pero tengo 28. Cuestión genética.

En el auto, de vuelta, Pedro no podía concentrarse en el camino. Elizabeth no solo debería explicar lo del colectivo, tenía ahora que explicar por qué no le dijo que a los tres campamentos que llevó a su hijo iban, además, otros hombres. Aunque algo debió sospechar, haciendo memoria reconoció que varias charlas por teléfono habían resultado muy extrañas.
En la ruta llegó otra vez al colectivo rojo, que seguía recostado sobre el camino, y tuvo un mal presentimiento. Quiso tranquilizarse: sin otro auto, Juan no iba a llevar a casa a su mujer y a Baturro. Por un lado mejor, pensó, el colectivo en Ensanche resultaría muy llamativo y no habría forma de que los vecinos no la vieran entrar a la casa sola.
—Al menos si me la cogen en la ruta no se entera nadie… —murmuró.
—¿Qué, papi?
Pedro se sobresaltó. Estaba demasiado abstraído recordando la imagen de Juan empalando a su mujer en el aire.
—N-nada, Dami… Me acordaba de tu mamá…
El auto se sacudió con otro pozo.
—¿Qué es “cogen”, papi?
—Emmm… n-nada... En España es agarrar… cogen es agarran…
Detuvo el auto. Deseaba con toda su alma que Elizabeth no estuviera allí. Que se hubiera ido caminando, que se hubiera descompensado y se la hubiesen llevado en ambulancia, que la abdujeran los extraterrestres.
—Quedate acá, Damiancito, que voy a buscar a mami… —ordenó, y se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta.
—Yo quiero ir, papi. Quiero saludar a Juan.
Eso fue como un puñal para Pedro, que reaccionó con furia.
—¡Que te quedes acá, carajo, hacele caso a tu padre!
Damiancito hizo un puchero y se aguantó la impotencia mirando hacia abajo. Pedro se arrepintió en el acto, pero no le salió decir nada y cerró la puerta. Al otro lado del colectivo no había nadie. Unos gemidos venían desde la ventanilla, así que Pedro subió al interior como una tromba.
Y sí, allí estaban: Juan fumando en uno de los asientos, y Baturro y su mujer en el último asiento, el largo, usándolo de cama. Ella boca arriba y con las piernas abiertas, recibiendo los dos metros de masa corporal que la bombeaban por el medio. Era un misionero desprolijo porque cada uno debía apoyar un pie en el piso. Elizabeth jadeaba y gemía como con desesperación, fuerte, cerca del escándalo, sin decir nada. Baturro en cambio la hundía a vergazos contra el asiento y le decía de todo.
—¡Cómo te gusta la pija, hija de puta! ¡Qué pedazo de puta que sos!
Pedro se acercó angustiado pero al ver la penetración que su compañero le propinaba su esposa cambió angustia por asombro: la verga de Baturro era igual a Baturro: sólida, ancha, dura, y laboriosa como él. Entraba y salía de la conchita de Elizabeth como la aguja de una perforadora petrolera. Y a fondo, sin respetarla.
Otra vez fue Elizabeth la que advirtió su presencia.
—Mi amor… No fue lo que quisimos hacer, en serio…
—Elizabeth…
Baturro lo miró, se detuvo una estocada y enseguida retomó el bombeo.
—Es que tardaste mucho, Pedro…
—Sí, amor, es que cuando Juan me la volcó adentro el señor Baturro como que se calentó y se ilusionó…
Baturro tenía tomada a Elizabeth de la cintura y bombeaba lento y rítmicamente. Bombeaba verga dentro de la mujer de Pedro, pero miraba a Pedro para hablarle.
—Sí, igual ella no quiso al principio, Pedro, porque te prometió que no.
—Por respeto a vos, mi amor… pero vos no venías más…
—Yo les dije que te esperaran —se disculpó Juan.
Pedro miraba a uno y otro lado, le hablaban como si fuera una reunión de consorcio. Sin embargo Baturro no dejaba de entrarle verga hasta los huevos.
—Es que como no venías, Juan te la iba a garchar por segunda vez… y se me ocurrió que si te la iban a coger dos veces, que era lo mismo que fuera él u otro… Y bueno, yo me ofrecí y el Juan no tuvo problemas que te la coja en su lugar.
—Sí, mi amor, es lo mismo. De todos modos igual me iban acoger dos veces, ¿no?
Pedro se dijo que la charla que debía tener con Elizabeth debía ser mucho más profunda de lo que pensaba. Tan profunda como la penetración que su compañero le estaba surtiendo a su mujer en ese momento. El hijo de puta ahora la seguía tomando de la cintura pero la había levantado en el aire como si fuera papel, a efectos de acomodarla y lograr una penetración más honda aún. Pedro jamás había podido levantarla así a su mujer. Ni tomarla así, con esa seguridad, lo comprobó en el gesto de ella, de entrega, de rendición. Con él, Elizabeth tenía gesto de esperar algo, de trámite —divertido, sí, pero trámite al fin—. Pedro se dio cuenta, vio en el rostro de su mujer el deseo, las reales ganas de pija, el sometimiento al macho que la estaba haciendo mujer.
—Ahhhhhh… —gritó Elizabeth, que de pronto pareció al borde del orgasmo. Pedro vio por primera vez la pija de Baturro casi en toda su dimensión, pues la retiraba hasta dejar solo la cabeza adentro, para volver a clavar. Era de miedo: al ancho absurdo de esa barra de carne había que agregarle el largo, unos veintitantos centímetros. La verga era tan ancha que de todos modos daba la impresión de que no fuera larga, pero el rostro de su mujer negaba esa fantasía.
—Ahhh… por Dios, qué pedazo… Qué pedazo… No pares… Ahhh… No pares, Baturro, no pares…
—Elizabeth, por favor, está Damiancito en el auto, vámonos…
—Dejame… Ahhh… Dejame aunque sea esta vez y… Ahhh… y te juro que… Ahhh… que no lo hago nunca más… Ahhhhhhhh…
Pedro supo que era mentira. Y no por los antecedentes de su mujer, sino por su rostro y esos ojos cerrados y los labios mordidos cada vez que la verga de su compañero hacía tope con sus huevos. No dijo nada, ya habría tiempo de hablar, aunque comenzaba a darse cuenta que el diálogo debía ser consigo mismo, a solas, para ver si seguía con esa mujer, y en tal caso, cómo.
—Ahhh… Así… Así… Ahhh… No pares… Más… Dame más…
—Te gusta la verga de Baturro, ¿eh, putita? ¿Te gusta?
—¡Sí, sí, me gusta! ¡Dámela toda! ¡No te guardes nada, hijo de puta, dámela toda!
—Dale, putita, venite que ya no me aguanto más…
—Ahhh por Dios, nooo… Hijo de puta, no me acabes, aguantame un cachito… no me acabes… Ahhhh… Seguí… Seguí…
—Dale, putita, que el cornudo está mirando y te quiero llenar de leche…
Nombrar a su marido por su condición natural fue el disparador.
—¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhh…!!! ¡¡¡Por Dioooosssssss…!!!
Pedro se asustó por el grito. Damiancito podía oírlo. Pero enseguida se olvidó al ver las uñas de su mujer clavándose en la espalda de su compañero, y las piernas rodeándolo como para que no se salga nunca de adentro de ella.
—¡Tomá, puta! ¡Tomá, tomá, tomá!
—¡Sí, Baturro, dame más pija! ¡Dame más pija que me muero! ¡Ahhhhhhhhhhhhh…!
La bestia de dos metros sacudía a su mujer como un boxeador a la bolsa de entrenamiento. La castigaba con pijazos hasta los huevos, que la alejaban por una fracción de segundo, y al volver, otra vez y otro pijazo, y así, diez veces por segundo. El culo de Baturro se hundía entre las piernas de su mujer hundiendo pija, y la cabeza y las tetas de ella se sacudían como los hielos en el vinito del Baturro en el almuerzo.
—¡Dame la leche! ¡Dámela toda, dámela, dámela!
—¡Tomá, puta! ¡Puta puta puta!
—¿Papi, qué le está haciendo el señor a mamá?
Damiancito apareció por el estribo. Elizabeth lo vio y volvió su rostro a Baturro, que la seguía bombeando. Pedro salió al cruce de su hijo. De fondo se escuchaba la cogida.
—¡Dame pija, hijo de puta! ¡Dame leche para el cuerno!
—¿El señor grande es el lechero?
—¡Te lleno, pedazo de puta! ¡Te voy a atravesar a pijazos!
Pedro tomó a su hijo de la mano y comenzó a retirarlo, pero el chico giraba el rostro para no perder detalle de lo que le hacían a su mami.
—Llename de leche, Baturro, quiero tu leche bien adentro…
—¡Te la suelto, putón, va toda adentro para el Pedro!
—¿Le va a dar la leche a mamá?
—S-sí… Parece que el señor le va a dar la leche a mamá…
—¡Acá tenés la leche, hija de puta! ¡Tomá! ¡Tomá! ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh…!!!
—¡Sí, sí, sí, hijo de puta! ¡La quiero adentro! ¡Ahhhhhhhhh…!
Pedro metió otra vez a su hijo en el coche y se quedó con él. Y le explicó que el señor le daba la leche a mami como cuando mami le daba la leche con miel a él, para el catarro.


El regreso en el auto fue en absoluto silencio, a excepción de Damiancito, que estaba preocupado por la enfermedad de su madre.
—¿Y entonces él te curó, mami?
—Sí, Damiancito.
—¿Te dio una leche que te curó…?
—Sí, mi amor, me dio una leche curativa… me la dio toda…
—¿Podemos cambiar de tema, por favor?
Y Baturro estaba ahora culposo, no sacaba la vista del camino que conducía.
—Perdoname, Pedro… No sé qué me pasó… Es que hacía mucho que yo no…
Cuando llegaron a la casa de Pedro, Elizabeth y Damiancito se bajaron y Pedro se demoró un instante.
—Ni una palabra en el astillero, Baturro. Prometeme que…
—Claro, Pedro, claro… Ni una palabra... Quedate tranquilo…
En la casa, el resto de la tarde fue un completo silencio. La cena, la sobremesa. El acostar a Damiancito. Cuando Pedro y Elizabeth se fueron a la cama, a Pedro le temblaban las manos y la voz.
—Tenemos que hablar, Elizabeth.
Elizabeth miró el temblequeo en su marido. Fuera lo que fuera lo que pasaba por la cabeza de ese hombre, estaba aterrado, y por cierto, mucho más nervioso que ella.
—Está bien, escuchame… —lo primereó Elizabeth— yo nunca antes te metí los cuernos; solo hoy, con Juan.
—No te creo. Sólo Dios sabe cuánto hace que me hacés cornudo acá en Ensanche, y Batur…
—¡Lo de Baturro no fueron cuernos! Me estaba dando la leche porque me sentía mal, vos mismo lo dijiste… —Pedro amagó quejarse y Elizabeth lo calló—. Yo nunca te hice cornudo, ¿entendés? Ni siquiera antes, en Buenos Aires —Pedro recordó las fotos y el nacimiento de su hijo, que era igual a Martin, con quien ella misma había confesado que cogía regularmente, incluso más que con él—. Y tampoco te hago cornudo acá en el pueblo, ¿entendés? Aunque te parezca que sí. Aunque te vengan con un chisme. Aunque un día llegues a casa más temprano y me encuentres en una situación sospechosa. ¿Me entendés? —Pedro no dijo nada, la miraba con los ojos abiertos como dos hoyos— Vos y yo no nos vamos a separar. Vas a seguir trabajando y yo haciendo mi vida aburrida de siempre. No vamos a destruir esta familia, no le vamos a hacer eso a Damiancito. Aunque empiecen a decir por ahí que sos el cornudo del pueblo…
—Pero Baturro…
—Baturro no me estaba cogiendo… es un buen compañero y no va a decir nada… Quizá debas pedirle que venga una vez por semana a darme más leche… como para mantenerlo callado…
—¿Que venga a…?
—Ya te dije que no son cuernos. Vos mismo le dijiste a Damiancito que era para que yo me sintiera mejor… ¿o acaso vos le mentís a tu hijo? No son cuernos, Pedro, hacete a esa idea, especialmente ahora que me voy a empezar a vestir más linda y te van a venir con un montón de chismes de pueblo chico.
—Pero es que…
—No-son-cuernos. Repetilo, Pedro, si no nos vamos a entender… No-son…
—No son cuernos… —suspiró Pedro, vencido.
Elizabeth se dio por satisfecha con una sonrisa y se dio media vuelta para dormir.
—Mi amor… yo… —Pedro estaba con la pija más dura que una piedra, la visión de su mujer cogida como una puta cualquiera lo deprimía pero a la vez lo excitaba.
—Está bien, Pedro —entendió Elizabeth, sin girar—. Metela pero hacé rápido que hoy fue un día movido y quiero descansar…
Pedro tomó a su mujer de la cola, estúpidamente toda esa derrota se sentía por ese segundo como un triunfo, tan solo porque ella le otorgaba lo que por derecho era suyo. Corrió la bombacha para un costado y, así en cucharita como estaban, la clavó a fondo. Bueno, hasta el fondo que él podía llegar. Sintió la pija calentita, en el mejor mundo de todos los mundos posibles, y se llenó las manos con la cola de su mujer. Fue inevitable. Una estocada. Dos.
A la tercera se fue.
—¡Ah-ahhhh…! —se escuchó en la oscuridad su gorgoteo.
Hubo un minuto de silencio que fue absoluto. Luego se oyó a Elizabeth tomar aire y decir en medio de un bostezo:
—Así me gusta, cornudo… así me gusta…

Fin.



EL PUEBLO MÍNIMO:
ELIZABETH 3: El Camino de Elizabeth
(VERSIÓN 1.1)

Por Rebelde Buey



** SE PUEDE COMENTAR. NO LE COBRAMOS NADA. =)


31 comentarios:

  1. Eterna admiracion al autor , genio de la humillacion , Ale

    ResponderEliminar
  2. A mi humilde opinión, este puede convertirse en un clásico entre toda la genialidad que existe en el blog, maravilloso en de todo: Sexo explícito, vouyerismo, sentimiento de traición, humor, manipulación, etc.

    La parte del mantra, "No son cuernos, repite, no son cuernos"; me recordó a una de las películas de Rocky, con Stallone, donde el entrenador le decia: No duele,no duele, no duele... Aunque al otro lo estuvieran machacando a golpes, como se machacan a la Elizabeth a pijasos.

    Como siempre, mi admiración Rebelde.

    Saludos y un abrazo desde México.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. están quedando buenas las historias del PUEBLO MÍNIMO, porque da para que el universo se ramifique. En breve veremos a otras protagonistas y sus historias, y cómo van entrando en el mundillo de los cuernos.
      Muchas gracias por tus palabras, Vladimir!!

      Eliminar
  3. Buenísimo el relato. Da pie a muchas historias. De como Baturro riega la historia en el trabajo. Como continúan los encuentros en el autobús. Me encantó el descaro de Juan, Baturro y Elizabeth frente a Pedro. Sería bueno leer un relato sobre alguno de los viajes de campo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. gracias, mmrujano!! Historias en el autobus no creo porque existe ésta, y quedaría medio repetida. En cambio las historias en los campamentos escolares de los hijos ya están planeadas, jajaj. Y la de Baturro en el trabajo, no la había pensado, es nua gran idea! Podría hacerse, sin dudas. =D

      Eliminar
  4. Es una obra maestra literaria en la humillación y los cuernos mas grandes de este mundo, me encanta como pone en su sitio al cornudo y prefiere a sus machos corneadores un beso Rebelde desde Colombia

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. gracias, Lili!! =) Me alegro que te haya gustado tanto. Parece que el capítulo gustó bastante. Lo de poner al cornudo en su lugar, no sabía si ponerlo ahora o esperar a más adelante. Opté por ponerlo ahora, pues el cornudo se había enfrentado con la realidad (hasta ahora lo ignoraba). Creo que quedó coherente. Gracias!!

      Eliminar
  5. Mientras leia el relato se me ocurrio una cosa...seguro que tienes un plano del pueblo con la ubicacion de los cornudos. TEnemos que hacer una maqueta..jajaja

    REspecto al relato, increible como siempre, que el cornudo participe es una de mis debilidades, ya lo sabes. Aunque la parte del colegio te quedo morbosa, con el profesor de gimnasia.

    Y ese final....se escucho en la oscuridad su gorgoteo...

    GRACIAS

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. jajajaja!!! siempre me matan tus comentarios, mikel!
      No tengo un plano, pero más o menos. Tengo un plano mental bastante terminado de Ensanche (el caserío de 100 habitantes). Podría decirte dónde está todo: el almacén, la carnicería, las cuadrillas, el astillero, la casa donde pararon marcelo y natalia, la casa de elizabeth, y la entrada y salida a la ruta.
      no es que lo haya planeado, se fue conformando en mi cabeza a medida que iba escribiendo las historias.
      el "mapa" del pueblo de la yesi y paloma, lo tengo en mi mente pero no tan bien "dibujado". La Yesi y Brótola viven sobre el sudeste del pueblo, paloma más al noroeste.
      el pueblo de Yesi/ Paloma no quedaba a miles de kilómetros de Ensanche, en mi cabeza, pero ahora decidí pegarlos, ponerlo uno al lado del otro, para unir aun más las historias.
      Si me animo y tengo paciencia (pues no tengo talento para dibujar), voy a hacer un plano. al menos un primer plano, y lo voy a publicar.
      =D

      Eliminar
  6. Creo que mis relatos favoritos son los de la consumación de un cornudo, cuando nace como cornudo sumiso, porque se sientan las bases de lo que será a partir de entonces. Este relato estuvo buenisimo, me ENCANTA como enfrentado frente a frente con la realidad el pobre de pedro no puede más que suplicar que pare, sin ningún poder real ante lo que ocurre, y lo MUJER que es elizabeth que lo lee a la perfección el verdadero deseo de su esposo y establece las reglas de lo que será la relación en lo sucesivo. BRAVO Maestro...

    Hielo Negro

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. estás de suerte entonces, amigo. dicen que los autores escriben siempre la misma historia (sin saberlo) pero disfrazada de otra. a lo sumo dos o tres historias. y yo soy autor, así que el nacimiento del cornudo es algo que cada dos por tres escribo, porque me gusta, porque contarlo es como una necesidad. Ya habrás leído en el blog otros "contratos", como vos decís, y vas a ver más en el futuro. (y dentro de poco, prestale atención a la mini saga LA TURCA, dentro de este universo del Pueblo Mínimo).
      Gracias!!

      Eliminar
  7. Que genial este cuento, Rebelde!

    "Pedro reconoció a su mujer no por el orgasmo, porque no le conocía ningún orgasmo, sino por la voz. La escuchó jadear, gemir, y gritarle a la inmensidad del campo toda su explosión"

    Simplemente, apoteósico!!!

    Quero conocer YA a Elizabeth!!!!! Y voclarle la lechita dedicandosela al cornudooooooo!!!

    Gracias, como siempre

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. sabés que he estado buscando una imagen de Elizabeth (tampoco con fanatismo, pero algo es algo), como para hacer un teaser o poster. La tengo en mi mente a Elizabeth, una mujer muy cogible pero nada del otro mundo, una "girl next door" bonita, digamos. No encontré todavía nada tan parecido como para publicarla. Pero no pierdo las esperanzas.
      En cambio con GIMENA y con LA TURCA, dos mujeres "felizmente" casadas que van a conocer este año, s me hizo más sencillo encontrar una imagen parecida a lo que tenía en mi cabeza.
      (a Gimena la podés ver en el nuevo teaser, acá en el blog, o en el Tumbrl)
      Muchas gracias por los elogios, amigo PUI !!!

      Eliminar
  8. Jaja.
    Me divierte mucho las justificaciones que le dan al cornudo
    A).- Es que como no venías, Juan te la iba a garchar por segunda vez…
    Y se me ocurrió que si te la iban acoger dos veces, que era lo mismo que fuera él u otro…
    Y bueno, yo me ofrecí y el Juan no tuvo problemas que te la coja en su lugar.
    —Sí, mi amor, es lo mismo.
    De todos modos igual me iban acoger dos veces, ¿no?

    B).- hacete a esa idea, especialmente ahora que me voy a empezar a vestir más linda y te van a venir con un montón de chismes de pueblo chico.
    —No-son-cuernos. Repetirlo, Pedro, si no nos vamos a entender…

    Esta mujer es pura LOGICA” por un momento pensé que era una mujerzuela.
    Pero mira que pensar primero en su hijo.
    Es un ejemplo de conducta.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. es que Elizabeth es una madre. y no es mala madre. no es como las madres de DÍA DE ENTRENAMIENTO.
      trato de darle a cada personaje su propia lógica. acá, como bien notaste, Elizabeth es más lógica, en un punto es más fría que otras esposas de otros relatos. =D

      Eliminar
    2. Queeee!!!!
      Como insultan a Días de Entrenamiento.
      esa serie me encanta, y todas sus protagonistas y protagonistos masculinos (Familia completa)
      Rebelde ahorita mismo te quito de mi lista de regalos de navidad.
      Jaja es broma, pero esa serie y Junior la estamos leyendo esta semana y pos uno es enamoradizo.
      "!VIVIAN las madres interraciales!"

      Eliminar
    3. cada vez que hablen de la serie:
      Dias de Entrenamiento.
      háganlo con respeto y quítense el sombrero

      es como una opera prima del sexo interracial.

      "COMPLETISIMA"

      Me encanta

      Eliminar
    4. pero es que no dije nada malo de DÍA DE ENTRENAMIENTO, ni de sus mujeres. Solo las describí.
      Lo bueno de ser escritor es que podés crear todo tipo de personajes, cada uno con su propio gris.
      Las madres de DÍA DE... (en realidad la madre), es quizá la puta más puta de todos los personajes del blog, pues tiene prácticamente una adicción a la pija de los negros, al punto que no le importa "sacrificar" a sus hijas para que no le falte pija a ella. Dicho desde este blog, eso es un cumplido, jajaj.
      A mí también es una de las series que más me ha gustado, quizá no esté escrita de manera elegante, pero es ultra morbosa, y está escrita con distintas voces, eso le suma singularidad.

      Eliminar
    5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

      Eliminar
    6. 100% De acuerdo
      pero ese es su encanto NO elegante, pero MUY morbosa y le podemos agregar; Narrativa tipo película de acción, constante y "!SORPRESIVA!" además de; dura Y directa.

      COMPLETISIMA
      Una "ENCICLOPEDIA" de temas Interracial
      !están TODOS!

      Eliminar
    7. es cierto, aunque no fue planeado, yo simplemente me puse a escribir. pero tiene de todo, como vos marcás, incluso la sodomización al cornudo, algo poco habitual en este blog, pero que creo parte importante (por no decir fundamental) del morbo interracial. si te gusta ese tópico, este año saldrá un blog o algo con una temática específica con pareja cuckold con macho(s) negro(s) que será bastante particular, jejej...

      Eliminar
  9. Por favor compra YA!!!
    "Una maquina del tiempo".
    que el nuevo cartel del club de la pelea NO me deja dormir YA queremos leerlo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. hoy hace un par de horas terminé de escribir el primer capitulo. está bien,pero los hay mejores. creo que LA TURCA, que estoy tipeando en estos días y preparando un teaser, es bastante mejor. igual, en la variedad está el gusto.

      Eliminar
  10. Mis comentarios sulen se mas o menos largos. pero HOY luego de leer esto solo puedo decir, emocionado: GRACIAS, REBELDE. Sos mi felicidad semanal.

    Carlosnava57@hotmail.com

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. apostaba a que este relato te iba a gustar, carlos =D

      Eliminar
  11. licurgo el espartano10 de abril de 2016, 20:33

    El cornudo criando al hijo de otro y la muy puta de Elizabeth haciéndose coger por cualquiera. Una delicia de relato.

    Saludos rebeldes.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. esos dos elementos que marcás hacen una de las combinaciones que más me gusta. =P

      Eliminar
  12. Elizabeth tiene algo, una actitud, un puterio que la distingue de las otras corneadoras.
    Es como más fría pero al mismo tiempo más morobosa. Tal vez el hecho que sea un lugar rural, donde todo es más repirmido, en apariencia, pero al mismo tiempo el morbo es más telúrico, por decirlo de alguna forma.

    Me es dificil encontrar esposas putas con las cuales esté conforme. Pero el personaje de Elizabeth me gusta mucho, más que Paloma y al mismo nivel que las madres de Día de Entrenamiento.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. yo creo que es porque en un punto es un personaje más "real". al menos a mí me funciona así. las corneadoras -o incluso las historias- que más me resultan son las más reales, tomando por reales no las más ideales, como es este caso.
      me alegra mucho que te conforme elizabeth, significa que el personaje está bien armadito gracias!!! =D

      Eliminar
  13. Sensacional! Qué morbazo Rebelde.
    Ningún cornudo (o aspirante a serlo) debería dejar de leer historias como esta.
    Te pasaste.

    ResponderEliminar

Se publica el 15 de Septiembre

Se publica el 15 de Septiembre
Las cuotas no están al día. El cornudo, tampoco. La única que está al día es Gimena, que en ese club garcha cada vez más y con más tipos.